sábado, 6 de abril de 2013

HISTORIAS DE LOS TERCIOS X

"Tercios en combate"
Gracias a mi amigo Antonio Moreno Ruíz, me encuentro con este texto, el cual reproduzco íntegro tal cual, pues sirve muy a propósito con las características de HISTORIAS DE LOS TERCIOS DE FLANDES, procedente de la página de facebook LOS HÉROES OLVIDADOS y que queremos sumar a los ya publicados en esta bitácora de Cassia.
La Batalla de Waalwijk.
 "Cuentan las crónicas que a las primeras luces del alba del 20 de enero de 1580, en las colinas que rodean Waalwijk, el Tercio Viejo de Cantabria, a las ordenes de su Maestre de Campo, D. Diego de Alcuneza y Briones, se aprestó para combatir a fuerzas enemigas muy superiores en número. Como ya era tradicional por esos lares, compuestas por holandeses, tropas inglesas y mercenarios franceses, que se decían pagados por las provincias rebeldes, pero que a lo que se sospechaba, y no sin fundamento, más pudiera asegurarse que la soldada que percibían provenía, como era habitual, de las arcas del monarca francés.
 Habían desembarcado 10 días antes en el puerto de Dunquerque, donde atracaron los galeones de la flotilla española que les transportaba y que había desafiado, con pericia, los adversos elementos naturales, que nunca parecían estar del lado de su majestad católica, y a los corsarios ingleses que trataban de hacer rapiña de toda vela que navegara por esos mares, pretendidos como de su propiedad.
 Venia el Tercio con tres compañías de coraceros, dos de arcabuceros y dos de picas secas, a las que se les había unido, a última hora, una compañía de arcabuceros del Tercio de Armada de la Mar Océana, una sección de gastadores de los que minaron y abrieron un boquete en las murallas de Amberes y un tren de artillería de seis baterías de cañones de a cuarenta libras.
 Eran, los más, soldados viejos, de esos que ya no van ni vienen, curtidos en las guerras de Nápoles y que habían visto amanecer a las orillas de Túnez, rodeados de turcos con intenciones de rebanarles el pescuezo al menor descuido. Castellanos, andaluces, vascos, extremeños, aragoneses, catalanes, unos cuantos walones y germanos y algún que otro italiano de los reclutados en Sicilia. Componían un variopinto grupo aglutinado por una particular concepción de la vida, en la que el honor y lealtad al camarada eran patrimonio perenne forjado en años de combates, y en la que el servicio bajo las banderas de la vieja, cansada y altanera España, constituía casi una religión. Para ser honesto hay que decir que no se esperaba mucho de ellos, dadas las desiguales circunstancias, tan solo que se retrasaran el avance de los rebeldes, hasta que el Farnesio llegara con los Tercios que venían de Italia, en marcha forzada, y cuyas picas ya negreaban los caminos que conducen a Flandes.
 Quizás por ello, por despecho o por soberbia de viejo soldado que siente que se le envía al matadero en un papel secundario, se conjuraron para vencer. Como tantas otras veces, contra todo y contra todos. Era el “con nosotros quien quiera, enfrente quien pueda” en el que les habían educado. Y que les había llevado a dejar, a la sombra de sus estandartes, tumbas en cada pedazo de tierra de las entonces conocidas.
 Lucharon metro a metro, hombro con hombro, como leones heridos, como hijos de una tierra que había hecho del ''todo lo sufren en cualquier asalto, solo no aguantan que les hablen alto" una ley no escrita, y murieron, por decenas, por cientos... pero vencieron.
 Cuando las vanguardias de Farnesio, que venía en su socorro los avistaron, solo algunos orgullosos se mantenían en pie, pero el estandarte del Tercio, el que el mismo rey les dio a su regreso de Túnez, presidía la colina rodeado de rebeldes muertos, como si de un altar de sacrificios pagano se tratara. D. Diego recibió al capitán general del Ejército de Flandes que se había adelantado con su escolta de piqueros españoles a rendirles homenaje y le saludó con estas palabras:
 "Señor: estos señores soldados, mis hijos, os saludan. Algunos, los más, no pueden alzarse porque están muertos, pero todos os presentan sus respetos y os encarecen que digáis al Rey, nuestro señor, que cumplieron lo jurado e hicieron honor al título que heredaron de sus mayores: soldados de los Tercios de España"
 "Extraído del tomo 11 de la Historia de los Tercios Españoles en las campañas de Flandes de D. Pedro de Figueroa. Publicación cuyo último ejemplar desapareció en el Incendio del Alcázar de Segovia y del que sólo se conserva la página manuscrita copiada por el archivero Jaime Peñalara”.
Luis Gómez

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