jueves, 19 de marzo de 2015

DON MANUEL MUÑOZ GARNICA

El polígrafo ubetense D. Manuel Muñoz Garnica
 
"...las revoluciones principian por las ideas. Y entonces los partidos se disputan la enseñanza con interés."
 
(D. Manuel Muñoz Garnica,
"Discurso inaugural del Instituto de Segunda Enseñanza de Jaén",
1º de octubre de 1846.)
 
 
UN POLÍGRAFO DE ÚBEDA: OMNIA IN BONUM
 
 
Manuel Fernández Espinosa
 
 
Tal vez una de las figuras más interesantes del Jaén decimonónico sea el Lectoral de la Santa Iglesia Catedral de Jaén, D. Manuel Muñoz Garnica; y todavía resuena su nombre y apellidos en el siglo XXI. Esto, en buena medida, se debe a Juan Eslava Galán que, en sus libros, lo ha traído a colación en no pocas ocasiones. Sin embargo, poco se sabe de D. Manuel Muñoz Garnica y su figura se ve envuelta en un halo de misterio, suponiéndose que se hallaba entregado a actividades muy poco confesables como, pongamos por caso, la búsqueda del Tesoro de Salomón. Algunos, llevados por su fantasía, incluso supusieron una entrevista entre Muñoz Garnica y Bérenger Saunière, el párroco de Rennes-le-Château en una supuesta visita que éste hiciera a Toledo y a Jaén, lo cual es un despropósito puesto que la fecha en que supuestamente Saunière visitó Jaén, Muñoz Garnica llevaba años y años de estar muerto y enterrado.
 
 
Nuestro Muñoz Garnica nació en Úbeda el 25 de diciembre de 1821 en una familia linajuda, emparentada con los Condes de Belascoain y cuyo asentamiento en el Santo Reino de Jaén se remonta a la reconquista fernandina. Estudió en el Seminario de San Felipe Neri de Baeza y a la edad tan precoz de veinticinco años ya desempeñaba la cátedra de Lógica y publicaba un "Manual de Lógica" en 1846. Se doctoró en Sagrada Teología en la Universidad de Granada y en Letras por la Universidad de Madrid. Fue director del Instituto de Enseñanza Secundaria de Jaén y fundó el colegio de internos de esta entidad. En este Instituto conocería a quien sería su amigo, D. Benito García de los Santos (1823-1863), profesor de Historia Natural y estrecho colaborador del filósofo Jaime Balmes. También a resultas de su labor docente en el Instituto entró en contacto con el poeta republicano federalista Bernardo López, autor de la célebre Oda al 2 de mayo. Muñoz Garnica había colaborado con Balmes en "El Conciliador" y hasta hay una carta de Balmes a García de los Santos en la que el filósofo catalán refiere un viaje a Jaén y manda saludos al Lectoral de la Catedral de Jaén: "Quiere usted saber cuándo voy a Jaén; como yo no lo sé tampoco, mal puedo contestar. Salude usted al señor Garnica...".
 
 
Puede decirse que Manuel Muñoz Garnica fue, en toda regla, un polígrafo, dada la variedad de sus intereses científicos y culturales. Por encargo del entonces Nuncio de Su Santidad, Monseñor Barili, Muñoz Garnica escribió varios artículos publicados en "La España" (como "El Papa y la Guerra" ó "Los Unitarios italianos" para defender la Soberanía Pontificia.) La cuestión política siempre fue uno de los temas que le ocuparon, tanto la situación de España como los asuntos extranjeros centraron su atención; desarrollando así una apología del Papado en aquellos años en que las fuerzas del nacionalismo italiano arrebataban los Estados Pontificios al Santo Padre de Roma.
 
En cuanto a los problemas nacionales, Muñoz Garnica elaboró un ensayo en que trataba de arrojar luz sobre los primeros movimientos revolucionarios en el campo andaluz: "El Protestantismo y los Revolucionarios españoles" (1861), aquí ponía de manifiesto la subrepticia actividad británica en los asuntos españoles que generaba revoluciones para alterar la paz religiosa y social e impedir la prosperidad de España. Tras la Revolución de 1868, Muñoz Garnica acompañaría al Excelentísimo Señor D. Antonio Monescillo, Obispo de Jaén, a las Cortes Constituyentes de 1869; la lección de aquella experiencia la condensó en "De la moral y el Derecho" que incluso se llegó a traducir y publicar en Nápoles y Gante. Su actividad literaria fue enfocándose cada vez más en la dirección de rearmar la contra-revolución española, debido a las circunstancias de su época: en Jaén publicaba el año 1872 una colección de sus sermones bajo el título "Sermones varios con motivo de las presentes calamidades"; un año después, daba a la estampa "Ilustraciones al poema latino del Obispo Raugerio", folleto en el que, desde el estudio de un tema erudito, vuelve otra vez a reivindicar el poder espiritual y temporal del Papa. Sin embargo, la obra por la cual alcanzó mayor celebridad fue su "San Juan de la Cruz y su siglo", publicada en Bélgica con anterioridad a su edición española. En "San Juan de la Cruz y su siglo" Muñoz Garnica hizo una gran aportación a los estudios biográficos de San Juan de la Cruz. En "El Siglo Futuro" se estaban publicando sus textos sobre la "Imitación de Cristo y Tomás de Kempis" cuando el 15 de febrero de 1876 D. Manuel entregaba su alma a Dios. Muchísimos artículos dispersos en prensa local, provincial, regional, nacional y europea; algunos ensayos, reediciones, etcétera conformarían el legado de este polígrafo giennense.
 
Pero la labor docente y humanista no fue la única faceta de este hombre emprendedor que, además de fundar el colegio de internos para el Instituto de Enseñanza Secundaria de Jaén, con el propósito de facilitar la enseñanza a los naturales del entorno rural, también realizó una encomiable actividad fundacional en diversas líneas. Fue D. Manuel Muñoz Garnica el que realizó personalmente todas las diligencias para traer a las Hermanitas de los Pobres que habían sido fundadas en Bretaña por Santa Juana Jugan (1792-1879); a tal efecto se desplazó a la Bretaña francesa, donde radicaba la casa matriz de esta institución hospitalaria y, por su visita, se deduce que Muñoz Garnica se entrevistaría con la Madre Fundadora que en aquellos años todavía vivía y hoy está canonizada. Se salió con la suya, como era costumbre en hombre tan prudente y resuelto y pudo traer a Jaén a las Hermanitas de los Pobres para dar asilo a ancianos sin recursos. También a Muñoz Garnica le debemos que se nos conserve en Úbeda el oratorio de San Juan de la Cruz, edificado en la celda donde el santo de Fontiveros pasó a mejor vida, siendo su pretensión la de establecer en este oratorio una fundación de Carmelitas para custodiar el lugar donde San Juan de la Cruz entregó su alma a Dios. Salvó también la Sacra Capilla del Salvador de Úbeda, fundada por D. Francisco de los Cobos.
 
Eslava Galán supone que ciertos documentos que, según el novelista arjonero, revelan la existencia de una sociedad secreta jaenera (ocupada en buscar el Tesoro de Salomón, que los visigodos trajeron y ocultaron bien en Toledo o en Jaén), "fuesen los mismos que Muñoz Garnica ocultó en alguna parte de la catedral en 1868". No estoy en condiciones de decir que eso sea verdad o invención. Lo que sí hemos de poner fuera de toda duda es la ortodoxia intachable de D. Manuel Muñoz Garnica que, bajo ningún concepto, puedo imaginármelo en tratos con masones ni ocultistas. Lo que sí ocurre es que determinados asuntos a los que se aplicó Muñoz Garnica pueden parecer "esotéricos" (y, en un sentido lato, lo son); expliquémonos.
 
Cuando se llega a un determinado grado de conocimiento, como el que, a la luz de su producción literaria, podemos barruntar que alcanzó por sus cualidades y trabajo D. Manuel Muñoz Garnica, las cuestiones que se abordan son de un tecnicismo tal que dejan de ser "exotéricas", para convertirse en temas solo accesibles a iniciados. Por ejemplo, el interés que manifestó por la historia del cristianismo (en particular por el asentamiento de éste en Jaén y su despliegue histórico) es uno de los capítulos más "esotéricos".
 
A finales de 1864 llegaba a España el benedictino alemán Pío Bonifacio Gams (Mittelbuch, 1816- Munich, 1892), uno de los más eminentes historiadores eclesiásticos de todos los tiempos. Su proyecto era realmente titánico: reconstruir con la pasión científica que solo los alemanes saben poner en algo la Historia de la Iglesia española. Y el resultado de estas andanzas por España del sabio monje alemán florecerían en la monumental "Die Kirchengeschichte von Spanien" ("Historia de la Iglesia en España", en tres vólumenes) o en las "Spanische Briefe" ("Cartas de España"). Entre las cuestiones que estos libros abordan se hallan algunas de especial interés para el cristianismo universal (y, huelga decir, para el español): El Apóstol San Pablo en España, la venida y trabajos de los siete discípulos de los Apóstoles en España, la Iglesia de España desde la muerte de los siete apóstolicos hasta el principio del siglo IV, la Iglesia de España durante la gran persecución de Diocleciano y Maximiano, el Concilio de Elvira, Osio de Córdoba, la Iglesia de España desde la muerte de Osio hasta la conversión de los visigodos. El ímprobo trabajo del investigador alemán revela que lo que se jugaba era bastante serio: la demostración de la venida de San Pablo a España, entre muchas otras cosas.
 
Gracias a una nota que suele pasar desapercibida y que se halla al pie de una página de "Nobleza de Andalucía", libro de Gonzalo Argote de Molina que reeditó D. Manuel Muñoz Garnica, sabemos por el mismo Muñoz Garnica que el Padre Gams visitó Jaén y que éste le participaba sus hallazgos: "El sabio benedictino Dr. Pío Gams encontró en España la Bula con que no acertaron los eruditos extrangeros, y está difundiendo con mucha satisfacción la nueva de este hallazgo. Por las noticias que difunde tan ilustre historiador y por las que él mismo nos dio á su paso por Jaén...".
 
Inferimos, a resultas de los títulos de sus trabajos, que Muñoz Garnica tuvo un interés manifiesto por cuestiones políticas y sociales (suscitadas por el vértigo histórico), pero es innegable que fue un hombre que, por más que se metiera en esos charcos, tuvo siempre la clarividencia y la certidumbre de que el terreno de las ideas era el que exigía un cultivo para poder impedir o reparar la devastación revolucionaria en todos los órdenes. El núcleo de su pensamiento parece radicar en este pasaje de su Discurso Inaugural del Instituto de Enseñanza Secundaria de Jaén:
 
"...todo concurre y concurrirá poderosamente al mejoramiento de las sociedades, hasta su misma decadencia; y todo, con el tiempo, viene como arrastrado por la Providencia, hacia el destino que a cada pueblo señala Dios en la inmensidad con su dedo omnipotente [...] esto ha sucedido con todas las ideas y con todos los poderes del mundo, y esto mismo sucede hoy con la revolución de las ideas."
 
Este pensamiento rector es el que le guiaba en el laberinto del siglo tan convulso que le tocó vivir. Y este pensamiento hay que buscarlo en San Pablo, cuando escribe en la Epístola a los Romanos (8, 28): "Scimus autem quoniam diligentibus Deum omnia cooperantur in bonum iis, qui secundum propositum vocati sunt sancti" ("Ahora bien: sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman, de los que según sus designios son llamados") Estar poseído por esta convicción que nace de la fe no exonera a nadie de actuar contra el mal, y así fue como Muñoz Garnica no se ahorró trabajos para combatirlo y reparar todo lo destruido, denunciando la obra destructiva de las tinieblas y restaurando todo lo que había arruinado la revolución o lo que la incuria de los hombres dejaba arruinarse; como pudo suceder (y su intervención impidió que sucediera) con el oratorio de San Juan de la Cruz.
 
El interés social y político de Muñoz Garnica no era la sólita novelería de los hombres que se dejan arrastrar por  lo último que sucede, sino que tenía raíces fuertes en una vida de cultura ahondada y elevada espiritualidad: el interés por los místicos como San Juan de la Cruz o Tomás de Kempis así lo hacen patente. Además de su actividad intelectual y social, Muñoz Garnica formó a su alrededor el embrión de una escuela intelectual (asunto del que me ocuparé en otra ocasión) que constituyó durante mucho tiempo el núcleo directivo de la cultura giennense.
 
Lo cierto -y lo triste- es que la obra de D. Manuel Muñoz Garnica se encuentra en el olvido, dispersa en periódicos y en bibliotecas, sin que a ninguna institución eclesiástica o civil se le haya pasado por la mente el gran servicio que a la auténtica cultura podría hacerle la constitución de una comisión de trabajo que reuniera todos los textos y libros de este sabio ubetense, para publicar lo que pudieran ser unas Obras Completas. Es algo que en cualquier país civilizado ya se hubiera hecho.
 
Es un proyecto que lanzamos desde aquí, a sabiendas de los obstáculos económicos que comporta una empresa cultural de tal envergadura. Dicho queda.

miércoles, 18 de marzo de 2015

SAN JUAN DE LA CRUZ EN LA VENTA VALERIANO*

San Juan de la Cruz y dos compañeros frailes en uno de sus viajes por Andalucía


DEL PASAJE QUE HIZO SAN JUAN DE LA CRUZ POR LA TORRE DON XIMENO EN SUS ANDANZAS POR ANDALUCÍA

Manuel Fernández Espinosa


Antonio Ortega Ruiz y Rafael Lizcano Prestel, dos de los pocos que se han aproximado a la historia de Torredonjimeno, se lamentaban del deplorable estado de los estudios históricos sobre Torredonjimeno, en los preliminares de una ponencia para el Congreso de Estudios de la Frontera de Alcalá la Real (1997); el historiador y el arqueólogo lamentaban la escasez de fuentes y decían que: "En otras ocasiones (sobre todo en época actual), se ha pretendido establecer la cientificidad de la documentación a partir de una reiterativa revisión y reinterpretación de los trabajos precedentes (MONTIJANO CHICA, 1983), ya que, como adelantábamos, los datos documentales sobre la localidad son parcos y mínimamente precisos, sobre todo hasta el siglo XV".
 
En efecto, la exigüidad de las fuentes documentales ha limitado mucho lo que sobre Torredonjimeno pudo decir D. Juan Montijano Chica, incluso puede achacársele poco método cientificista, pero si algo vamos sabiendo de nuestro pasado no podemos regatearle a D. Juan Montijano Chica el mérito de reunir, por desordenadamente que lo hiciera, los caudales tradicionales que traían noticia de Torredonjimeno, la ibérica Tosiria. Además de sus libros, D. Juan Montijano Chica también nos tuvo a su lado a no pocos interesados en nuestra historia local y, en algunos casos, sus discípulos lo fuimos muy tempranamente, siendo muy jóvenes o incluso niños. En la sacristía de San Pedro Apóstol o en su casa de la calle Rabadán mantuvo encendida la llama de la tradición y a su calor acudimos Francisco José Téllez Anguita, Manuel Jesús Cañada Horno o un servidor. También hubo, por lo tanto, una transmisión oral.
 
 
En la revista ÓRDAGO hemos reivindicado a D. Juan Montijano siempre, sin importarnos para nada la acrimonia de los cientificistas históricos. Pero no nos hemos limitado a citarlo, sino que lo hemos sometido a una revisión (para nada reiterativa, en tanto que apenas se han ocupado de mencionar a D. Juan Montijano para otra cosa que no fuese despreciarlo): el resultado no ha sido una reproducción de lo que D. Juan Montijano escribió o nos dijo, sino que tomando como inspiración la tradición, base insoslayable del conocimiento, lo hemos aumentado en la medida de nuestras fuerzas y, cuando ha sido menester, incluso corregido sin esas ínfulas que otros gastan arropados en sus títulos universitarios que, tal y como está la universidad española a día de hoy, sirven para poco.
 
 
En cierta ocasión puse por escrito (en la revista ÓRDAGO) algo que escuché del maestro, dando noticia del paso de San Juan de la Cruz por nuestras tierras, la reproduzco aquí literalmente:
 
 
"Viniendo de Córdoba, San Juan de la Cruz y Fray Pedro de la Madre de Dios, dicen las hagiografías del místico que tuvo su compañero Fray Pedro un percance en el camino. El fraile que acompañaba a San Juan de la Cruz cayó de la acémila sobre la que iba montado, fracturándose una pierna. San Juan de la Cruz buscó un lugar en donde reposar y atender con mejor cuidado a su acompañante, y decidió hacer parada en la próxima ermita que los andariegos hallasen en su camino, una vez que divisaron una el reformador carmelita se fue a orar a la Virgen que recibía culto en aquel santuario, curando luego la pierna de Fray Pedro de la Madre de Dios. Los textos que refieren el caso indican que este accidente se produjo en las proximidades de Porcuna, sin fijar el lugar sagrado en el que el santo operó aquel milagro en vida; sin embargo una antigua leyenda oral casi extinguida, transmitida de padres a hijos en Torredonjimeno, aseveraba que el santuario en el que San Juan de la Cruz curó a Fray Pedro de la Madre de Dios fue el de Ntra. Sra. de Consolación. Siguiendo el rastro de esta piadosa leyenda se hallaba indagando D. Juan Montijano cuando le sorprendió su muerte. Desconocemos el alcance de sus investigaciones, pero dejamos constancia de ello".


La figura prominente de San Juan de la Cruz no requiere presentación. El Doctor mysticus no solo fue un santo reformador carmelitano (con Santa Teresa de Ávila), sino que pocos santos llegaron a las cumbres del misticismo y de la poesía como el fontivereño. Por otro lado, también pudimos escuchar de nuestro también maestro Fray Alejandro Recio Veganzones que la Orden de los Carmelitas descalzos contempló la posibilidad de establecerse en Torredonjimeno durante el siglo XVI, aunque no prosperó la intención debido a la oposición que la Orden de Calatrava puso a su establecimiento y, suponemos nosotros, a no contar con ningún protector lo suficientemente capaz de hacer valer su patrocinio (como sí ocurrió con el Monasterio de Nuestra Señora de la Piedad de Madres Dominicas).


Hasta la completa pacificación de nuestro territorio fronterizo, cuando se despejó la amenaza islámica del reino de Granada, las órdenes religiosas que se establecieron en nuestras tierras fueron las Órdenes Religioso-Militares (el Temple, Calatrava y Santiago) y las órdenes llamadas de redención (de cautivos): así los primeros que llegaron al Reino de Jaén fueron los trinitarios en 1246 y, en 1288 los mercedarios. Hasta 1354 no llegarían a Jaén los franciscanos, en 1382 los dominicos. La orden carmelitana llegó más tarde a Jaén. Esta orden, propagadora de la popular devoción a la Virgen del Carmen (Nuestra Señora del Monte Carmelo) tuvo su origen en el Monte Carmelo (en hebreo: Har ha'Karmel, en Tierra Santa), cuando unos cruzados se refugiaron en dicho Monte, para llevar vida eremítica: corría el siglo XII ó el XIII (según otros) y recibieron de Alberto, Patriarca de Jerusalén, una regla. Fueron los carmelitas originarios que se vincularon al profeta veterotestamentario San Elías, por razón del sagrado monte en el que se erigieron. En Jaén, dos de las figuras más grandiosas de la Historia de la Iglesia (y, en particular, del Carmelo) vivieron y fundaron sendos conventos: Santa Teresa y San Juan.


La reminiscencia de aquella tradición que transcribí en ÓRDAGO, sirviéndome de la noticia que me trasladó D. Juan Montijano, encuentra su constatación en el manuscrito 12738 de la Biblioteca Nacional de Madrid, la fuente más rica en noticias sobre la vida y andanzas de San Juan de la Cruz que incluye relaciones de testigos que lo conocieron, religiosos y seglares que trataron con el místico carmelitano, cartas y otros documentos de nuestro santo místico. En el folio 1047 de ese manuscrito que referimos se halla el relato con detalle de esta hazaña de San Juan de la Cruz en nuestro término municipal, conforme a la declaración que hizo fray Martín de la Asunción, en la ciudad de Baeza el 26 de abril de 1614, y que es la que sigue:


"Un día, viniendo de Córdoba el padre fray Juan de la Cruz y un hermano que se llamaba Pedro de la Madre de Dios, donado de nuestra santa Religión, que andaba con el padre fray Juan de la Cruz, porque era en aquella ocasión vicario provincial desta provincia, llegando los tres a un río que se llama el Salado, que está abajo de la villa de Porcuna, dio a correr el hermano por una cuesta abajo, y corriendo como iba se le quebró la pierna derecha y se cayó allí luego como muerto; y riyéndome (sic) yo de la caída antes que llegásemos los dos, me dijo el padre fray Juan: "No se ría, que se ha hecho mucho mal nuestro hermano"; y llegando a donde estaba nos apeamos, y tenía la pierna como una caña cascada y salidos los huesos, aunque no fuera de la carne. Y el padre fray Juan lo curó allí y lo subimos en una de las cabalgaduras, y llegando a una venta que está cabe Los Villares, parando allí a comer, le dijo fray Juan de la Cruz: "Aguarde, hermano; lo apearemos desa cabalgadura por que no se lastime". Y respondió el hermano: "Padre, ya vengo bueno, que no me duele nada". Y se apeó sano y bueno, como si no hubiera habido tal".


Con mucha probabilidad cabe fechar esta peripecia en el curso de la primavera o verano del año 1586, cuando San Juan de la Cruz visitó Córdoba con el encargo de fundar un convento de carmelitas descalzos. En Córdoba se hospedó en casa de D. Luis Fernández de Córdoba que, con el correr del tiempo sería Obispo de Salamanca, de Málaga, de Santiago de Compostela y de Sevilla. Era a la sazón Obispo de Córdoba D. Antonio Mauricio de Pazos y Figueroa que le dio licencia a San Juan de la Cruz para su fundación. El santo escogió el barrio de la Judería, en el que todavía vivían muchos judíos conversos y se inauguró aquella fundación en la capilla de San Roque de Córdoba.


El suceso hay que situarlo al regreso de San Juan de la Cruz, acompañado por fray Pedro de la Madre de Dios y por el que narra la anécdota, fray Martín de la Asunción: ambos acompañantes compartieron muchos viajes con el Doctor Místico, siendo confidentes de San Juan de la Cruz. Los tres frailes han dejado atrás Porcuna y fray Pedro de la Madre de Dios sufre el accidente. Fray Martín de la Asunción ríe la caída, pero San Juan de la Cruz le invita a ser más serio y cura a fray Pedro de la Madre de Dios. Cuando paran a yantar, lo hacen "llegando a una venta que está cabe Los Villares". Teniendo en cuenta que la caída de fray Pedro de la Madre de Dios se produce con Porcuna a sus espaldas, sería un despropósito pensar que los tres frailes, con uno herido, no pararan hasta llegar al municipio jiennense de Los Villares que a tanta distancia queda Porcuna y, más todavía, habiendo lugares habitados en el trayecto. Los Villares a los que se refiere fray Martín de la Asunción no puede ser otro lugar que Los Villares de nuestra campiña, que ya los trae mencionados el Catastro del Marqués de la Ensenada: "En la Campiña [de Torredonjimeno] están los sitios de Pozo los Mozos, La Torre, Cañada del Moro, Mellado, Lendinez, Escarchal, Niquesa, Pedro Gil, Juan Cubierta, Arco el Monte, Rabera, Salinas, Peñas Lisas, Valeros, Los Villares..."


Es imposible dejar de pensar que la Venta que se cita, que fray Martín de la Asución ubica "cabe los Villares" (esto es, cerca de Los Villares) pudiera ser la antecesora de la actual Venta Valeriano (ver en el mapa enlazado). Podemos suponer que los tres frailes, tras reponerse en la Venta, pudieron descansar y orar en la ermita de Nuestra Señora de Consolación y, sin ninguna duda, San Juan de la Cruz y sus dos compañeros tuvieron que pasar por Torredonjimeno.


Comprobamos así que, aunque D. Juan Montijano pudiera situar (a buen seguro que por motivos piadosos) la curación de fray Pedro de la Madre de Dios en nuestra ermita de Nuestra Señora de Consolación, poco se equivoca. Y comprobamos gustosamente que la tradición, tantas veces vilipendiada por aquellos que la ponen en cuestión y la critican, es a la postre un óptimo vehículo de conocimiento histórico, aunque tenga el gaje de poder ser un tanto imprecisa.


*Me tomo la licencia, para el título de este artículo, de nombrar como Venta Valeriano a la Venta en que demuestro que comieron San Juan de la Cruz y sus dos compañeros de viaje. Sin embargo, es fácil que supongamos que posiblemente la Venta tuviera otro nombre: ventas por aquellos parajes hubo varias, también existió hasta el siglo XX la Venta Illana que fue propiedad de mi bisabuelo Manuel Illana Camacho; e ignoramos desde cuándo se hace llamar nuestra Venta Valeriano con tal nombre. Pero sin embargo es bastante probable que por la ubicación estemos hablando de la Venta antecesora de alguna de las dos que refiero, más próximas en el tiempo a nosotros.
 

 
BIBLIOGRAFÍA:


Ortega Ruiz, Antonio y Lizcano Prestel, Rafael, "En torno al origen del núcleo urbano de Torredonjimeno, una ciudad de frontera: datos históricos y arqueológicos", separata del Congreso "Estudios de la Frontera. Actividad y vida en la Frontera", celebrado en Alcalá la REal, del 19 al 22 de noviembre de 1997.
 
Fernández Espinosa, Manuel, "Leyendas orales de miedos, duendes y prodigios de Torredonjimeno y alrededores" (Grupo Vernácula), Revista Cultural ÓRDAGO, número 2, Torredonjimeno, marzo de 1999, pág. 5.

Crisógono de Jesús, "Vida y obras de San Juan de la Cruz", Biblioteca de Autores Cristianos.

 

jueves, 5 de marzo de 2015

EL ARCAICO EPISCOPADO DE TUCCI Y SUS SANTOS





LA REMOTA DEVOCIÓN A SANTA COLUMBA: DILUCIDACIÓN HISTÓRICA

Manuel Fernández Espinosa


Vaya por delante y siempre, el nombre de nuestro Maestro el Padre Recio, aquel seráfico vallisoletano que nos devolvió con su sabiduría nuestras raices. Sin su magisterio, muy pocas cosas podríamos adelantar sus discípulos. 




Tucci (nuestro actual Martos) fue sede episcopal en edad muy temprana. La romanización de nuestro territorio fue terreno fértil para la propagación del cristianismo. El primero de los Obispos de Tucci de quien hay constancia fue Camerino, contemporáneo de Ossio de Córdoba, al que el Padre Maestro Flórez suponía que se le consagró allá por el año 296, por registrarse su nombre y diócesis en el Concilio de Iliberis: Camerino conoció el tiempo de las persecuciones romanas. Lo fragmentado y parco de las informaciones que nos transmiten aquellos antiquísimos concilios nacionales y los monumentos epigráficos, no menos fragmentados y dispersos, nos sirven de poco para reconstruir la historia de los primeros pasos del cristianismo en nuestra comarca. Pero la envergadura de las lápidas halladas y el estudio de sus inscripciones epigráficas nos ofrecen una ligera idea del enraizamiento del cristianismo en nuestra tierra durante las primeras centurias.
 
Entre los santos que Tucci veneraba (posiblemente tenía consagrados sus templos a ellos), figura entre los vestigios una inscripción que cita a Santa Columba (y a San Cipriano). Esta lápida de la que dan cuenta muchos, entre ellos el P. Castillejo y el P. Lendínez, dice:
 
"...VICTORIA ET CUSTODIA SUNT SANCTAE COLUMBAE RE... POPULI CUM GAUDIO EST SANCTO MARTIRI S. CIPRIANO. AMEN."
 
En lo que concierne a Santa Columba la cuestión plantea muchos problemas y, particularmente, para nuestra cuestión que es la de identificar la santa que veneraban en Tucci, un interrogante.
 
La Iglesia Católica venera a cuatro santas con el nombre de Columba:
 
-Santa Columba de Sens
 
-Santa Columba de Cornualles
 
-Santa Columba de Roma
 
-Santa Columba de Córdoba
 
¿Cuál de ellas recibía veneración en Tucci?
 
Por si ello fuese poco problema, resulta que Santa Colomba también es conocida en otras regiones hispanas como Santa Comba o Santa Coloma. En Galicia, Santa Comba es la patrona de las brujas. Así, la iglesia de Santa Comba de Bande (Orense); en Cataluña, tenemos el pueblo de Santa Coloma de Gramanet, que en el topónimo incluye a Santa Colomba bajo su forma catalana de "Coloma".
 
Vamos, muy resumidamente, a aclarar un poco esta cuestión un tanto enredada.
 
-Santa Columba de Sens nació en Hispania y, víctima de la persecución decretada por Aureliano, fue martirizada en Galia allá por el año 273. En Francia tiene bastante arraigo y se la conoce como Santa Columba de Sens o Senoense.
 
-Santa Columba de Roma fue una niña que sufrió el martirio con sus padres en la persecución de Diocleciano (año 303) y sus reliquias fueron depositadas en las catacumbas de San Calixto de Roma.
 
-Santa Columba de Cornualles recibe veneración especial en países celtas. Se supone que era hija de reyes paganos, convertida al cristianismo y por ello martirizada en el siglo VI.
 
Santa Columba de Cornualles puede ser descartada en lo que toca a identificarla con la Santa Columba de la lápida marteña, debido -entre otras cosas- a que su figura está envuelta en algo que parece más leyenda (incluso con resonancias artúricas). Queda decidirse, pues, por Santa Columba de Sens o Santa Columba de Córdoba o Santa Columba de Roma.
 
Según el P. Juan Lendínez (que escribió, recordemos, en el siglo XVIII) la Columba cuyo nombre está grabado en una de las lápidas tuccitanas es Santa Columba de Córdoba, cristiana mozárabe que vivía en Córdoba y que, como monja que era en el monasterio de Tabanos, fue decapitada por el califato cordobés en el año 853; su cuerpo, se refiere, fue arrojado al río Betis. Lendínez pensaba que las reliquias recuperadas de Santa Columba de Córdoba habían venido a parar a Tucci y así lo declara: "A esta villa de Martos -escribió Juan Lendínez- tocó parte de tan sagrado tesoro, según una inscripción antigua del tiempo de los cristianos mozárabes, que fue llevada de la Capilla que llaman de los mártires -que es la primera de la iglesia de Santa Marta [de Martos] por el lado de la epístola- y colocada en la pared de la cárcel donde hoy se halla".
 
Por otra parte, el P. Recio Veganzones corrigió al P. Lendínez fechando la inscripción en los siglos VI-VII, esto es: con anterioridad a los mártires cordobeses, por lo que termina concluyendo:  "Para nosotros, por tanto, los santos S. Cipriano y la santa Columba, son el obispo de Cartago y la mártir Columba, no de Córdoba, sino de Sens del siglo IV, a los cuales la ciudad de Martos atribuye, junto con la ayuda de Cristo Salvador nuestro, el haber sido defendida del enemigo agresor que la tuvo bajo su mando. Por tanto, se trata, no de una inscripción de reliquias de mártires mozarábigos, sino de dos santos que, con toda probabilidad, tuvieron sendos templos en la antigua sede Tuccitana."
 
Lo interesante del caso es que existen iglesias dedicadas a Santa Columba (también llamada Santa Coloma) en Nájera (La Rioja) y en Arciniega (provincia de Álava). Aunque las tradiciones eclesiásticas de estos lugares refieren a Córdoba, como origen de su devoción a Santa Columba, se ha abierto la hipótesis de que no se trata de la cordobesa, sino de Santa Columba de Sens, alegando influencias provenientes de Francia. Aunque no puede descartarse esa hipótesis, tampoco debiera desdeñarse a la ligera que -tal y como afirman las tradiciones eclesiásticas- las reliquias y devoción de Santa Colomba de Córdoba llegasen al norte peninsular, justamente de la mano de los mozárabes que abandonando tierras andaluzas, se añadieron a la columna expedicionaria de Alfonso I el Batallador de Aragón: estos mozárabes fueron asentados por Alfonso el Batallador en sus dominios, concediéndoles el Fuero de Alfaro; y ellos pudieron ser el foco desde el que se propagara la devoción a la mártir cordobesa en el norte.
 
Por último, no quisiéramos dejar pasar la ocasión para evidenciar que el nombre "Columba" corresponde al de "paloma" en castellano. En las cuatro santas que se nombran así se haya la coincidencia de haber sido martirizadas (en distintas circunstancias, fechas y lugares) a una edad muy temprana de sus vidas. Santa Columba de Roma era una niña cuando la martirizaron. Santa Columba de Sens era virgen cuando la martirizaron y podemos suponer que joven. Santa Columba de Córdoba era monja y también joven. La leyenda hagiográfica de Santa Columba de Cornualles alude a la aparición de una paloma (Espíritu Santo) que fue la que causó su conversión al cristianismo.
 







En cuanto a la identidad de la Santa Columba que los tuccitanos veneraban creemos que lo más sensato es descartar a Santa Columba de Cornualles y a Santa Columba de Córdoba. La tesis del P. Recio Veganzones es bastante convincente, en virtud de la consideración que el P. Recio hace de los caracteres de la inscripción marteña. Pero, tampoco tendríamos que descartar que la Santa Columba que se veneraba en Tucci podría ser la Santa Columba de Roma. Pues, si como afirma el P. Recio, el San Cipriano que acompaña en la inscripción a Santa Columba es San Cipriano de Cartago, (martirizado el año 258) no vemos imposible que en Tucci se rindiera devoción a una mártir romana, confirmándose así las dos vías por las que llega a Hispania el cristianismo: Roma y el norte cristiano de África (Los orígenes de la España cristiana). Lo que remontaría la inscripción a los tiempos del obispo Camerino (consagrado obispo el año 296) y esto no es descabellado, habida cuenta de los magníficos vestigios que han sido descubiertos y están por descubrir bajo nuestro suelo, como el sarcófago paleocristiano de Martos o la inscripción correspondiente a uno de los capiteles de pilastra que formaban el baldaquín de un baptisterio tuccitano, conservado y estudiado por el P. Recio y que decía:
 
"PANDITUR INTROITUS, SACRATA LIMINA CH(RISTI)
CVRRITE CERTATIM; GENTES POPULOQ(VE) VE(NITE)
ET DONANTE DEO SITIENTES SUMTE VI(TAM)".
 
"La entrada está abierta a los sagrados dinteles de Cristo,
Corred a porfía, naciones y pueblos, venid,
y con la gracia de Dios, recibid, sedientos, la vida".
 
Hermosísimo mensaje con el que eran recibidos a las aguas bautismales aquellos de nuestros más remotos antepasados en la fe, los mismos que fueron bautizados en la misma tierra que es nuestra: estas tierras tuccitanas. 
 

miércoles, 4 de marzo de 2015

LA MÍTICA MANO CORTADA DE UN CAPITÁN TOSIRIANO EN EL ESCUDO DE AMBERES



 
LAS MANOS CORTADAS DE AMBERES

Manuel Fernández Espinosa




La leyenda fundacional de la ciudad belga de Amberes cuenta que el nombre de la ciudad procede del combate singular que protagonizaron, por un lado, el legendario centurión romano Silvio Brabo contra el no menos mítico gigante Druoon Antigoon. Este descomunal gigante Druoon habitaba en un tiempo mítico el río Schelde (Escalda) y tenía la costumbre de cobrar un peaje a los barcos que quisieran pasar por sus fluviales dominios. Si un barco no pagaba, Druoon cercenaba la mano del capitán y la arrojaba al río. Un día, el tal Silvio Brabo, cansado ya de esta servidumbre, contendió con el gigante y, una vez vencido el ogro, le cortó la mano y la lanzó lejos.

De ahí viene el nombre neerlandés de Amberes (Antwerpen: Ant = Mano, Werpen = Lanzar). En la Grote Markt de Amberes puede verse la estatua, símbolo de la ciudad belga, que representa a Silvio Brabo en ademán de lanzar la mano cobrada del gigante vencido. El escudo de la ciudad muestra en uno de sus cuarteles un castillo y sobre el mismo dos manos... Una de las manos cortadas es, siguiendo el mito fundacional, la del gigante Druoon Antigoon... Pero, ¿y la otra mano que Amberes ostenta como blasón?

Veamos de quién podría ser la otra mano.
 
Escudo de Amberes


 
26 de mayo del año del Señor de 1586. Una guarnición española está a cargo de la defensa del contradique de Amberes, apostada en los fuertes. Amaneció ese día y la artillería de las armadas enemigas acalló el canto del gallo. Fue tan recia la ofensiva enemiga que los españoles apenas podían salir de los fuertes.

Saltaron de los barcos más de ocho mil franceses y flamencos, también venían con ellos borgoñones y más herejes de otras naciones. Los españoles salieron a la defensa del contradique. Pero desde el río, las cañoneras de los bajeles seguían escupiendo y matando un sinnúmero de españoles. El suelo se sembró de cadáveres y, a la postre, nos ganaron los fuertes. Más de trescientos españoles habían ofrendado sus vidas, y de entre la soldadesca masacrada, cuatro capitanes habían entregado a Dios sus almas en la batalla. Estos son sus nombres: D. Sancho de Escobar, el capitán Pérez, Pedro de Mesa y Simón de Padilla.

Cuando todo estaba resuelto y tan sólo se oían los quejidos de los moribundos, los amberinos y sus aliados se dieron a la rapiña de los cuerpos exánimes. Reconocieron el cadáver de Simón de Padilla que era famoso en Amberes por su arrojo y su gran estatura, y, profanando su cadáver, le cortaron la mano derecha y la clavaron en la dorada espada invicta del capitán español que, aunque muerto, la aferraba en su mano. Gloriosa espada cuyo acero toledano estaba tinto en la sangre de los herejes. Los amberinos llevaron la mano amputada de aquel capitán español con júbilo, paseándola por las calles mientras sonaban chirimías y el populacho vitoreaba la victoria conseguida sobre los españoles. Mostraron la mano de Simón de Padilla por toda la ciudad, pregonando que era "la mano del más valeroso capitán que había en el mundo", así nos lo cuenta Juan de Arquellada, que participara en aquellas jornadas bélicas.

¿Quién era Simón de Padilla? Nacido en Torredonjimeno (Reino de Jaén) a principios del siglo XVI, se alistó a los Tercios siendo mozo y fue hecho capitán por Alejandro Farnesio, tras probar en numerosas ocasiones su valor y gallardía.

¿Será la representación de su mano la que ostenta el escudo de Amberes?

Por lo que nos cuenta Arquellada, podría ser.

Como Silvio Brabo, lo que haré aquí es lanzar, si no una mano, sí que una conjetura muy verosímil que queda por probar. En todo caso, si se pudiera desmentir esta hipótesis, siempre nos quedará una enseñanza: los pueblos conscientes de sus orígenes míticos, reproducen en su historia las pautas marcadas en el mito fundacional. Algo a lo que Mircea Eliade, el célebre historiador y filósofo de las religiones, le hubiera sacado mucho partido.

martes, 3 de marzo de 2015

TERESA FERNÁNDEZ DE VILLALTA Y COCA

María Teresa Fernández de Villalta y Coca
 
ARISTOCRACIA DE LA GENEROSIDAD

 
 
Manuel Fernández Espinosa
 
 
En nuestros días, cuando algunos nobles se han enchabacanado para resultar simpáticos, rebajando su dignidad a la condición de peleles de la televisión, vendedores de sus intimidades, exhibidores de su vida privada y sus vacaciones interminables, su inutilidad y sus frivolidades, bueno será recordar que existió (y todavía existe) una aristocracia que, siendo de la sangre, no deja de serlo del espíritu. Y entre esas aristócratas (en el pleno sentido de la palabra) de antaño, tenemos el modelo ejemplar de nuestra paisana Doña María Teresa de los Reyes Fernández de Villalta y Coca.
 
Nació en Torredonjimeno el año 1868, hija de D. Antonio Fernández de Villalta y Uribe, diputado por el distrito de Martos y Senador del Reino de España, Gran Cruz de la Real Orden de Isabel la Católica y I Marqués Pontificio de Villalta. La madre de María Teresa que era de Bujalance, falleció y D. Antonio casó en segundas nupcias con la hermana de la difunta y tía de María Teresa.
 
En 1890 casó María Teresa con D. José del Prado y Palacio, que aunque nacido en Jaén, descendía de otra linajuda familia tosiriana. D. José fue, a la edad de 26 años, Alcalde de Jaén y, aunque ingeniero, dedicó su quehacer a la política, llegando a ser ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes y hasta Alcalde de Madrid. El 5 de septiembre de 1891 fallecía prematuramente en Torredonjimeno la hija del matrimonio (fue la única que tuvieron, hasta donde se nos alcanza).
 
Gran amigo de Alfonso llamado el XIII, se le concede a D. José del Prado el título nobiliario de I Marqués del Rincón de San Ildefonso y Doña Teresa fue nombrada Dama de la Noble Orden de María Luisa. Nuestra paisana también sería la Primera Presidenta de la Cruz Roja de Damas de Jaén. Al tesón de nuestra paisana se debió que el 18 de junio de 1922 se erigiera el Hospital de Urgencia de la Cruz Roja. Por su labor al frente de la institución benéfica se le concedió en 1923 las insignias de la Gran Cruz de Beneficencia a petición pública que avalaban 10.000 firmas de vecinos de Jaén de todas las clases sociales. La condecoración se le entregó el 19 de marzo de 1923 en la residencia de Espeluy. Ese día Doña María Teresa corresponde a la gratitud del pueblo con 1.100 bonos de pan para pobres y un generoso donativo para el Hospitalito de la Cruz Roja.
 
En 1926, la Marquesa consorte del Rincón de San Ildefonso, hija del Marqués Pontificio de Villalta, quedaba viuda. Hasta que pasó a mejor vida, su actividad no cesó. Con motivo de la Coronación Solemne de Nuestra Señora de la Capilla fue nombrada Presidenta de la Junta de Señoras encargada de recaudar fondos para los fastos que se realizaron en Jaén con motivo de aquellas jornadas marianas y dice D. Vicente Montuno Morente de ella, que: "puso desde el primer momento al servicio de esta empresa sus talentos y sus virtudes, y consagrando a ella su tiempo, su actividad, sus acertadas iniciativas y sus prestigios personales, le aseguró en lo humano el éxito más franco [...] fue también en muchos casos la que salvó situaciones difíciles y resolvió delicados problemas y por lo que toca a su generosidad, ella dió dos de los más importantes donativos para la corona, uno en joya y otro en dinero, ofrendó a la Santísima Virgen un rico manto, que fué el que lució en el acto de la Coronación, costeó el viaje y estancia de la unidad del Ejército que vino a rendir honores militares, hospedó al Representante regio y a uno de los Prelados y agasajó a todas las personalidades que asistieron a las fiestas. El nombre de Doña Teresa Fernández de Villalta -tan popular, al mismo tiempo que tan respetado, en Jaén- quedará también unido para siempre a la historia de la Coronación de la Virgen de la Capilla." ("Nuestra Señora de la Capilla. Madre, Patrona y Reina de Jaén", Vicente Montuno Moreno, Madrid, 1950.)
 
Ciertamente, las ofrendas y donaciones de la Marquesa viuda del Rincón de San Ildefonso, fueron tantas, a tantas instituciones tradicionales y de beneficencia, en tantas ocasiones, que sería muy difícil poderlas computar todas. Pero añadamos también que, una vez recuperado el Santo Rostro, tras haber sido robado por los republicanos, el relicario retornó menguado, pues el lazo (obra de orfebrería con 1.306 brillantes) donado por la Duquesa de Montemar en 1814 había desaparecido. Doña María Teresa Fernández de Villalta sufragó en 1940 uno que es el que actualmente corona el relicario.

 
 
 


jueves, 26 de febrero de 2015

RESCATANDO A NUESTROS HIJOS ILUSTRES


Pila Bautismal de la S. I. Catedral de Jaén
 
Dedicado a mi amigo Luis Ortega Vegas, a mis antiguos alumnos Fernando Vilchez y Nacho López-Barajas y a mi compañera Juana;
en el día de hoy, cumpleaños de los cuatro.


FRANCISCO DE CUENCA Y ARJONA, HUMANISTA Y POETA TOSIRIANO

Manuel Fernández Espinosa

Desde la revista ÓRDAGO (y hasta nueva publicación impresa, a través de este blog) nosotros estamos empecinados en la tarea que nos hemos autoimpuesto de conocer y dar a conocer nuestra historia local. Sentimos que es una necesidad, pues el estado de las cosas en lo que atañe al conocimiento y divulgación de nuestro pasado es -digámoslo sin ambages- deplorable y deja mucho que desear. Es tanto lo que hay por profundizar que todo cuanto se hace parece poco. No entraremos a considerar los factores que tienen estancado el estudio de nuestra historia, pero sí pudiéramos achacarlo a cierto desapego por lo propio: vicio no sólo tosiriano, sino de dimensiones nacionales en nuestros aciagos días.
 
Los personajes del humanismo local dieciochesco (fray Juan Lendínez y fray Alejandro del Barco) han sido bastante estudiados por nosotros mismos, ofreciendo el fruto de nuestros estudios en algunas publicaciones impresas, como la revista ÓRDAGO y VIDAS DE LA IBÉRICA TOSIRIA: estamos pendientes de ofrecer más material de nuestras investigaciones sobre estos dos grandes tosirianos del XVIII. Y quisiéramos dejar sentado que, aunque nosotros mismos los hemos llamados "ilustrados" (por desarrollar su actividad intelectual en el siglo de las luces) estaría por ver si el calificativo les cuadra tanto como parece a simple vista. A esta altura de las cosas, preferimos llamarlos "humanistas", aunque algunos (como el hispanista alemán Karl Vossler) pusieran en tela de juicio que en España haya "humanistas" en un sentido lato, debido al prejuicio del erudito germano que pensaba que en España prevalecía el gusto por el pensamiento teológico-simbólico y alegórico, que para él eran términos: "que se han opuesto siempre al pensamiento humanista". Dejando a un lado estas consideraciones, podemos afirmar que en España hubo humanistas y tanto que los hubo; pero de una pasta muy nuestra, nada de paganizantes ni frívolos descristianizados.
 
El florecer de nuestras universidades durante los siglo XVI y XVII aportó un gran contingente de hombres cultos (clérigos en su mayoría) que justamente pueden ser llamados "humanistas". Pero no solo fueron Salamanca, Alcalá de Henares o Granada las únicas universidades de aquella época: la verdadera reforma católica de la Iglesia desplegó tal actividad que a esas universidades de postín, pronto le salieron a manera de hijuelas en las provincias. Es así como en esos siglos de oro asistimos a la institución de universidades en Osuna o en nuestra bellísima Baeza. Eso sí, como afirma Abraham Madroñal: "Los humanistas [españoles] del XVII se posicionan claramente a favor de la Contrarreforma" y, sigue diciendo el mismo autor: "hay en algunos humanistas una cerrazón al exterior, por considerar que de fuera sólo podían llegarnos influencias de herejes", pues para ellos, como apunta Madroñal: "todo lo que interesa se muestra en el libro sagrado, la verdad divina es el origen de todas las verdades".
 
Para el entonces Reino de Jaén, la universidad de Baeza fue alma máter de muchos regnícolas y Jaén contó con grandes humanistas como el teólogo Diego Pérez de Valdivia (eminente inmaculista), el matemático Juan Pérez de Moya o el historiador marteño Diego de Villalta, algunos formados en Baeza y otros bajo la influencia de humanistas españoles e italianos de primer orden. Además de los autóctonos, Jaén puede gloriarse de haber tenido al vascofrancés Juan Huarte de San Juan, eminencia de los médicos de su época, traducido en sus tiempos a las principales lenguas vernáculas europeas y digno de ser estudiado hasta en nuestros mismos días. Pero, ¿aportó nuestro Torredonjimeno algún humanista? Nos felicitamos por haber encontrado a uno que, bien lo sabemos, no fue el único, pero sí el que más sobresalió en su época.
 
Francisco de Cuenca y Arjona nació en Torredonjimeno el año 1584. Se formó inicialmente en el Colegio de Filosofía y Moral que había sido fundado en el Convento de Nuestra Señora de la Piedad de Madres Dominicas que, recordemos, fue triple fundación (aunque hoy solo permanezca la conventual): Convento, Colegio de Doncellas y Colegio de Filosofía y Moral. En los años en que Francisco de Cuenca estudió en él, la casa dominicana en Torredonjimeno llevaba unas décadas de andadura. Pasó al Convento de Santa Catalina de Jaén y terminó sus estudios como maestro en Artes y Teología por la Universidad de Granada, recibiendo las órdenes sagradas en 1606 y ganando la Cátedra de Gramática de la Catedral de Jaén. En la Escuela Catedralicia desempeñó su actividad profesional como catedrático de Gramática entre 1606 y 1636. Pero también desarrollaba la docencia en su casa, convertida en Casa de Pupilos.
 
Además de sus quehaceres docentes, Francisco de Cuenca cultivó la poesía, siendo considerado como uno de los poetas religiosos más importantes del siglo XVII. Aunque residente en Jaén y, por sus cometidos docentes podemos pensar que poco saldría fuera de la provincia, Cuenca se relacionaba con lo que Pedro Velarde de Ribera llamó, en su "Historia Eclesiástica del Monte Santo, ciudad y reino de Granada", la "Academia de Granada"; y aquí es necesario que puntualicemos que lo que en aquel entonces era llamado "Academia" había empezado a ser, en su origen, apoteosis poéticas de Santos o Vírgenes, con motivo de sus particulares fiestas, aunque pronto se ampliaron los asuntos sobre los que giraban estos concursos poéticos (que también podríamos llamar Justas Poéticas). Fueron famosas la Academia de los Generosos (Lisboa), la de los Anhelantes y la de los Ociosos (de Zaragoza); algunas de estas Academias fueron más estables, convirtiéndose en tertulias, como la Academia de la Casa de Pilatos (Sevilla), o la de los Nocturnos de Valencia; ésta se congregaba alrededor del caballero calatravo Bernardo Catalá de Valeriola y sus miembros ostentaban cargos como presidente, secretario, consiliario y portero, con el añadido de tener sobrenombres alusivos a la noche: "Secreto", "Centinela", "Silencio", etcétera.
 
Nuestro paisano participó en algunas justas poéticas organizadas por los granadinos (presumiblemente sus años universitarios le habían ligado a muchos de aquellos poetas de la Academia de Granada), pero también participa en la Justa Poética celebrada en Baeza a honor de la Inmaculada Concepción o en la que la Compañía de Jesús organizó para ensalzar a la Virgen del Alba en la misma ciudad de Jaén. Avezado gramático, componía sus versos lo mismo en latín que en romance.

 
Nuestro Francisco de Cuenca tuvo que conocer y tratar al aventurero, escritor y clérigo Pedro Ordóñez de Ceballos (1547-1634) que, tras sus muchos viajes alrededor del mundo y mil hazañas, se asentó en Jaén a principios del XVII, cuando empezaba su docencia el tosiriano; y si trató a Ordóñez de Ceballos, no dejaría de tratar al también humanista manchego Bartolomé Ximénez Patón (1569-1640), tan amigo de Ordóñez. También se sabe de cierto que Cuenca cultivó la amistad con Lope de Vega y con el humanista murciano Francisco Cascales (1563-1642). Cascales, en una epístola a Cuenca, le dice al tosiriano, en términos encomiásticos: "Yo también doy gracias a Dios porque nací hombre, y no bestia; porque soy cristiano, y no pagano, y porque tengo por amigo al español Sócrates, Francisco de Cuenca". Por lo que se deduce de la carta de Cascales, Francisco de Cuenca tenía una salud quebradiza que éste achacaba a los severos estudios a los que se aplicaba lo más de su tiempo.
 
Foto de Manolo Fernández.
Francisco Cascales
 
A tenor de esta condición enfermiza Cascales consuela de los rigores de su enfermedad a Cuenca con una hermosa metáfora en la que el murciano compara el extenuante ejercicio intelectual al que se entrega el otro, con el estrago que experimenta la salud de los mineros, pues -dice Cascales- que la sabiduría es como el metal, que para extraerlo de la tierra, "se arriesga la salud y la vida", terminando por recomendarle que: "Cure, pues de su salud, siquiera para saber siempre más".
 
Casi toda la producción poética de Francisco de Cuenca está manuscrita e inédita. Su poesía castellana, además de la circunstancial (con motivo de Exequias Fúnebres y Fiestas religiosas locales), está inspirada en los modelos clásicos, pero destaca por sus poemas ascéticos y devocionales y, en algunos, se barruntan fulgores místicos. Por ser sus poemas tan extensos, prefiero ofrecer como muestra unas estrofas en vez de las composiciones completas y que, poniendo fin a este artículo, dejen el mejor sabor de boca de lo que fue, sin duda, uno de nuestros más ilustres compatriotas, digno de ser rescatado y rememorado por su sabiduría y por su lira poética.
 
En el primer caso, la estrofa pertenece a un largo poema que titula "Al desierto de los Carmelitas Descalzos"; por lo que dice en otros versos del mismo poema, el yermo carmelitano al que se refiere nuestro Francisco de Cuenca es  el de San Juan de la Cruz y, por lo tanto, se refiere a La Peñuela, enclavado en Sierra Morena; y a ésta, a Sierra Morena, nos la compara Francisco de Cuenca con la sulamita, del "Cantar de los Cantares", diciendo:
 
"Se llama a boca llena,
de suerte que tú adquieres
tal renombre, pues eres,
Sierra Morena, hermosa, aunque morena."

 
Todo el poema es un canto a la vida retirada, transportándonos a la naturaleza, a los senderos del bosque que son como calles intrincadas, donde -nos dice el poeta- "de gente ajena y de Dios pobladas" se está más cerca de Dios. Y termina el poema así:

"Aquí, pues, quiero en este campo solo
mirar tus bellas flores y guirnaldas
donde Céfiro bulle blandamente,
al tiempo que el dorado y rubio Apolo
a los indios volviere las espaldas,
hasta volvelles a mostrar su frente;
aquí, que no se siente
del mundo el falso trato
y en silencio se pasa,
tendré morada y casa,

o, por mejor decir, cielo barato;
aquí, sin más bullicios
que estar en soberanos ejercicios,
donde nadie mormura,
si no es el agua cristalina y pura."
 
La segunda estrofa que escojo pertenece a su poema "A Cristo Crucificado". El motivo por el que la elijo de entre todas las que componen el extenso poema es por ver en ella rasgos muy propios de este poeta nuestro, que yo -después de leer mucha poesía profana y sacra de los Siglos de Oro- no podría hallarle un término con el que poder compararla, lo que indica que, además del virtuosismo en la versificación, las imágenes del poeta tosiriano no son imitación de moldes convencionales, sino fruto de su inspiración y oración. Habría que ir a la hagiografía de Santa Catalina de Siena, santa y mística de la familia dominicana, para encontrar la raíz de esta inspiración mística.
 
"Mas para más amarte,
hiérame, Rey de Gloria,
de tu frente una espina:
será la anacardina
para tenerte siempre en la memoria,
que, si pasó tus sienes
y el divino cerebro donde tienes
tal memoria de amarme,
pasando el mío, no podré olvidarme.
Canción, pues que descubres mi rudeza,
habla, dejando el canto,
por señas y con llanto
al que en la cruz inclina la cabeza
en señal que nos ama,
y que por señas a su amor nos llama."
 
El poeta, en la contemplación de Cristo Crucificado y consciente de su tibieza, suplica que una espina de la corona que ciñe la frente de Jesucristo Nuestro Señor lo hiera a él, para que ésta sea "anacardina". La "anacardina" era un fármaco de la época  que se hacía con anacardo (Anacardium occidentalis: nuez indiana) y que, según se creía, era remedio para desmemoriados.

Anacardina tendríamos que tomarnos, para no olvidar a nuestros más grandes, que nacieron en nuestro pueblo y que apenas son conocidos por sus mismos compatriotas.
 
Grabado del Santo Rostro, de Durero

jueves, 19 de febrero de 2015

CUANDO ESCAÑUELA PUSO OBISPO EN DURANGO DE MÉXICO

Foto de Manolo Fernández.
Carlos II de Austria, adorando el Santísimo Sacramento
 
 
 
NACIDO EN ESCAÑUELA Y OBISPO EN AMÉRICA
 
 
Por Manuel Fernández Espinosa
 
Fray Bartolomé García de Escañuela nació, como su sobrenombre religioso nos indica, en nuestra localidad vecina de Escañuela (Jaén) el año 1619. En aquel entonces Escañuela todavía se llamaba San Pedro de Escañuela.
 
Según algunos historiadores la hoy Escañuela fue la antigua Eiskadia, uno de los escenarios de la encarnizada lucha de los hispanos de Viriato y las legiones romanas de Serviliano. La población fue reconquistada en tiempos de Fernando III el Santo y quedó sujeta bajo el alfoz de Arjona. En 1385 la localidad era señorío de D. Pedro Ruiz de Torres y en 1394 devino señorío de D. Fernando de Portugal. Y el señorío formado por Villardompardo y Escañuela se convertiría en Condado de Villardompardo en el siglo XVI. La iglesia parroquial tiene el título de San Pedro Ad Vincula y en ésta sería bautizado el año 1619 uno de sus hijos más ilustres.
 
Bartolomé ingresó en la orden franciscana, perteneciendo a la Provincia franciscana de Granada y, habiendo profesado y vistiendo la piel seráfica, ejerció como Lector: muy probablemente hiciera su noviciado en el convento de San Francisco de Martos, que se había fundado allá por el año 1573, parece que también cursó en la Universidad de Baeza y fue docente en la de Granada, ciudad en la que llegó a ocupar el cargo de Guardián del Convento de San Francisco de la Alhambra, convento fundado por los Reyes Católicos en cumplimiento del voto que Isabel y Fernando hicieron al Patriarca de Asís como agradecimiento por culminar la reconquista con la toma de Granada. Fray Bartolomé fue uno de los ocho religiosos a los que se les encargó el examen de los escritos de la concepcionista Venerable Madre María de Jesús de Ágreda, concluyendo estos que "nada contenía la obra contrario a la fe o buenas costumbres".
 
EN LA TRADICIÓN TEOLÓGICO-POLÍTICA HISPÁNICA: GLORIFICACIÓN DE SAN FERNANDO REY
 
Por su saber, el Rey Carlos II lo nombró Predicador suyo y su Consejero. El año 1671, fray Bartolomé García de Escañuela llegaría a uno de los puntos álgidos de su carrera, marcado con el sermón que predicó en la capilla del palacio real, en presencia del rey Carlos II y de la reina madre Mariana de Austria, allí se congregaba también lo más esclarecido de toda la Grandeza española. No podía escapársele a un hijo bien nacido del Santo Reino la ocasión de levantar jubilosamente su corazón en una oración encendida de fervor a nuestro libertador San Fernando Rey y, por ello, con motivo de la canonización de Fernando III el Santo, compuso "Trono de glorias, adornado de sabios", que llegó a imprimirse (como tantas otras oraciones fúnebres que pronunció). En "Trono de glorias, adornado de sabios", el P. Escañuela elabora una barroca alegoría alrededor del trono de Salomón. Sobre ese Trono de Salomón hay doce leones situados en las seis gradas, y sobre ellas coloca doce sentencias de sabios que se aplican al buen gobierno del Santo Rey cuya memoria se recuerda. El Trono de Salomón se suponía adornado sobre doce leones, cada uno de los cuales representaba a uno de los doce príncipes de las tribus de Israel: recordemos que los doce leones de la famosa "fuente de los leones" de la Alhambra representan esto mismo y a buen seguro recordaría el P. Escañuela para componer esta preciosa alegoría.
 
La traslación simbólica que empleó aquí fray Bartolomé consistía en identificar, en el trono de Fernando III, cada uno de esos doce leones como representante de cada uno de los príncipes grandes "que le sirven por Rey como vassallos, y le adoran por Santo como devotos". Se establecía así un nexo entre la Casa de David y la Casa de Habsburgo, que tenía una dilatada tradición en España. Lo que en Salomón es un trono para un "Rey hombre, asombro de la naturaleza", en San Fernando es "para un Rey Santo, portento de la gracia". En el discurso de su sermón está latente uno de los principales argumentarios que legitimaban la monarquía española como Imperio, al entenderse que el otrora pueblo elegido de Israel había dejado de ser la nación predilecta de Dios, tras la crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo. Se entendía así que el Nuevo Israel (nación escogida por Dios para obrar la propagación del cristianismo) era España. Esto se basaba en una complicada teoría teológico-política que recurría a la exégesis bíblica (sobre todo de los libros proféticos) por la cual se asentaba que, tras haber caído en desgracia Israel, el Israel santo se había trasladado, para cumplir los designios de hegemonía imperial sobre el orbe: es la llamada "traslación de Jerusalén" que, según Nicolás de Lira y otros teólogos, se había producido con la venida de Santiago Apóstol a Hispania, cumpliendo así las profecías veterotestamentarias que incluso anticipaban la edad de los descubrimientos geográficos portugueses y españoles. Comentando las profecías del Antiguo Testamento un franciscano francés como Nicolás de Lira podía sentenciar: "En hebreo dice en Sefarad, esto es, en España, como dice Rabbí Salomón, lo cual fue cumplido por el apóstol Santiago y sus discípulos, que predicaron allí la verdadera fe y sometiron a las gentes"; este magnífico legado exegético sería articulado por teólogos españoles y portugueses que legitimaban el Imperio hispánico. El P. Escañuela pertenecía a esa tradición, incluso cuando la dinastía de los Austria llegaba a su fin. La "traslación de Jerusalén", uno de los lugares más fecundos para la Teología Política hispánica no implicaba, eso sí, confusión racial: España es el Nuevo Israel espiritual, pero es consciente de su estirpe visigoda. Resuena así en el P: Escañuela: "Siéntese, pues, en este Trono mi Santo; y pues pintado en traje de Godo, en Trono, y pompa de Santo se halla en sus antiguas imágenes, suba, corónese, descanse".
 
OBISPO EN AMÉRICA
 
Encumbrado por su fama de sabiduría y apreciado por Carlos II, este Rey (tan devoto y tan injustamente tratado por la historia, debido a su enfermiza condición) propone al P. Escañuela como Obispo de Puerto Rico y es preconizado como tal en Consistorio secreto del 6 de obrubre de 1670. Tomó posesión de esta sede episcopal el 25 de abril de 1671. Tras unos años en la sede de Puerto Rico, es designado para ocupar la sede episcopal de Guadiana (Nueva Vizcaya, México). En el jueves 4 de marzo de 1677 llegaba "en una de las tres fragatas de cacao de Caracas" Fray Bartolomé García de Escañuela, para tomar posesión del Obispado de Durango (este Obispado se llamó Guadiana por el nombre del valle en que estaba enclavado, habiendo sido erigida diócesis el año 1621). Se dice de él que predicaba con edificación de toda la feligresía, lo mismo virreyes que indios y que "se consagró a visitar y cuidar su extensa diócesis; de tal modo formó la disciplina eclesiástica, que sus sucesores nada la han cambiado, sino más bien siguieron sus huellas". En su labor episcopal redactó las "Constituciones para la Santa Iglesia de la Nueva Vizcaya" que serían aprobadas por el Consejo Supremo de Indias. También se ocupó de los panegíricos de Santa Rosa de Lima.
 
En 1677 fray Bartolomé nombró capellán vicario para la expedición a California de D. Isidro de Atondo y Antillon, pero los jesuitas le frustraron el propósito, reclamando el derecho de la evangelizacion para la Compañía de Jesús por cuestiones de jurisdicción.
 
El preclaro hijo de Escañuela falleció el 20 de noviembre de 1684 en su diócesis de Durango.