Luis Gómez
El siglo XIX está salpicado de personajes románticos que
llegaron del norte a una España aislada y mitificada, que sorprendía a propios
y extraños.
Fruto de esa avenida de románticos es la gran cantidad de
libros de viajes y memorias del paso de esos mismos foráneos por las diferentes
provincias de España.
Pero en la I Guerra Carlista, desde 1833 hasta 1840, también
se allegaron a nuestro suelo patrio centenares de hombres de allende los
Pirineos para participar en uno u otro bando de la contienda. Los intereses de
esos personajes son variados. En el bando cristino son más bien mercenarios.
Profesionales de las armas que buscan fortuna en un oficio tan viejo como el
mundo. En el lado carlista el caso es distinto. Much9os de los que llegan a
ingresar las filas tienen otros intereses.
Quizás quien mejor describa ese interés es el propio José M.
Azcona y Díaz de Rada, quien tradujo y prologó la obra de “Recuerdos de la guerra carlista” del Príncipe Félix. El libro, una
memoria sobre lo que el personaje vio y luego en su retiro escribió sobre
nuestra guerra civil.
Por lo interesante de lo descriptivo, dejamos el inicio del
prólogo de la obra del propio Azcona por lo claro y sencillo que refleja la
participación de este tipo de personajes en la contienda.
“PRÓLOGO
Durante la primera
guerra carlista (1833-1840), un buen número de extranjeros vino a España para
luchar en uno y otro bando. Los que recalaron en el campo cristino eran, en su
mayoría, mercenarios, gentes del oficio, carne de cañón, a quienes los
gobiernos de la Cuádruple Alianza enviaron como se envía un cargamento de
salitre o una batería de ametralladoras; sin que ello sea óbice para que, por su
valor, se hicieran acreedores a la admiración y al recuerdo que la Historia les
ha dedicado en publicaciones copiosas. En cambio, los que formaron en las filas
carlistas eran voluntarios, gentes de ideal, que luchaban por principios y por
primogenituras. Casi todos estos voluntarios, carlistas eran franceses y
alemanes. Coincidió aquella guerra con el brote vigoroso del romanticismo en
Gottinga y con la senectud y la muerte de la legitimidad en Francia. Ambas
causas se hermanaron. La tradición francesa, henchida de recuerdos, y la
juventud alemana, plena de esperanzas, formaron un nexo que vino a quemarse en
holocausto en aquella hoguera de la guerra civil española. ¡Triste condición y,
al propio tiempo, honroso destino el de nuestra tierra, que ha de servir de
campo de Agramante y de palestra en las lides ideológicas! Muchos de aquellos
franceses y alemanes, que lograron sobrevivir y volver a su patria, dejaron
escritas sus memorias. Algunas de estas memorias son ya conocidas en España;
pero otras muchas, sobre todo las alemanas, pueden considerarse como inéditas,
a causa de la barrera del idioma.”

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