viernes, 11 de noviembre de 2016

EL FRAILE DE JÓDAR QUE FUE LA PESADILLA DE ERASMO DE RÓTERDAM


Erasmo de Róterdam


UNA AGRIA Y FEBRISCENTE POLÉMICA ENTRE HUMANISTAS


En su cumpleaños, a mi amiga Doña Pilar Badiola Aldarondo



Erasmo de Róterdam (1466-1536) ha pasado a la historia europea como poco menos que un adalid de la tolerancia y el buen sentido, sin embargo su actitud humana (y la de sus secuaces) dejaba mucho que desear por mucho que sea uno de los humanistas más sobresalientes de su época.

En España existió un movimiento erasmista, como puso de manifiesto el libro "Érasme et l'Espagne" de Marcel Bataillon (1937), pero si bien hubo erasmistas y hasta se alega como timbre de gloria, menos se sabe que también hubo una fuerte oposición al erasmismo y, en lo que concierne para nosotros los de Jaén, el timbre de gloria es que si hubo alguien que sacaba de quicio a Erasmo fue un paisano nuestro, el galduriense Fray Luis de Carvajal. Menéndez y Pelayo equivocó su naturaleza, llevado de la nombradía que la rama Carvajal adquirió en Extremadura: "Aunque Fray Luis de Carvajal se llama a sí mismo bético, su apellido induce a creer que era extremeño más bien que andaluz" -escribió D. Marcelino y con ello cometió uno de sus pocos errores.

Según Nicolás Antonio, aunque era heredero legítimo de los Marqueses de Carvajal Ossorio que tenían su señorío en Jódar, Fray Luis de Carvajal renunció a su patrimonio y se vistió con la piel seráfica de los hijos de San Francisco de Asís, conservando del esplendor de su linaje tan solo el escudo heráldico que ponía al frente de todos sus libros. Nació nuestro humanista en Jódar el año 1500 aproximadamente y se formó en las universidades de Salamanca y Alcalá de Henares, aquí estudió en el Colegio de San Pedro y San Pablo, fundado por el mismo Cisneros, y remató sus estudios en la Universidad de París, obteniendo el grado de Maestro para con él retornar a Salamanca allá por 1528.

Erasmo que vivía en un país muy distinto de la España reformada por Cisneros, atropellaba el honor de los frailes con sus dicterios, vilipendiando la corruptela de costumbres que podía afectar, bien es verdad, a los malos frailes que Erasmo estaba acostumbrado a ver en su país, pero en España eso sobraba: la ignorancia y los vicios habían sido erradicados con mano firme por la eficaz intervención reformadora de Cisneros y de sus continuadores. En 1528, Fray Luis de Carvajal, no soportando por más tiempo las injurias erasmistas a su orden religiosa reaccionó y lo hizo con su libro "Apologia monasticae religionis diluens nugas Erasmi", con él impugna los topicazos con que Erasmo vapuleaba a los frailes y que se convertirían en clichés anticlericales de todos los tiempos: que la vida religiosa era una falsa piadad, que eran incultos y glotones y que, para mayor morbo, pecaban de lujuriosos contra el voto de castidad que se habían comprometido a mantener.

La "Apolologia monasticae..." provocó en Erasmo una reacción inmediata: que un oscuro fraile de Jódar osara enmendarle la plana a él que se tenía como faro del humanismo europeo no tuvo que sentarle nada bien al de Róterdam y bien puede verse en los calificativos que le endosa a nuestro paisano: Frívolo, petulante, histrión, sobornado, juglar, bufón, estulto, deshonra de su Orden, Cacalalum, insolente..., aunque el nombre que le da y que más repite Erasmo contra Carvajal es el de "Pantalabus"; éste término peyorativo que le atribuye Erasmo a nuestro galduriense hay que ir a buscarlo en las sátiras del poeta latino Horacio que, con ese nombre, se refería a un parásito pedigüeño; probablemente Erasmo aludiera con ello a que el libro de Fray Luis de Carvajal había sido publicado, como era costumbre de la época, a expensas de un patrón que, en el caso de la "Apologia monasticae...", fue D. Lorenzo Suárez de Figueroa, Marqués de Priego. Erasmo no sólo realizó una réplica para defenderse y contraatacar al fraile giennense con un libelo titulado "Responsio adversus febricitantis cujusdam libellum" (lo de "febricitantis" era un chiste erasmista a costa de que fray Luis de Carvajal había admitido en su apología que la había escrito con fiebre por estar convalenciente), sino que plagó las cartas a sus amigos de toda Europa con furiosos anatemas contra Carvajal. Aunque no faltaron españoles que por afición a Erasmo le afearon al Carvajal su polémica con el gurú de Róterdam, la Orden franciscana cerró filas con él y quienes lo han estudiado a fondo afirman que se anticipó a sistematizaciones teológicas que cobraron mucha mayor fama que la suya, como las de Melchor Cano o Domingo Soto, sin poderle menoscabar el honor de ser Fray Luis de Carvajal la vanguardia de un escolasticismo humanista.

El nombre de Erasmo todavía es celebrado en todo el mundo y el de su oponente de Jódar apenas es conocido por un reducto de eruditos, sin embargo la figura de Fray Luis de Carvajal dista mucho de ser tan grotesca como se empeñó en fabricar, herido en su amor propio, ese Erasmo que tanto sectarismo y ojeriza rezumaba muy en detrimento de la imagen que el vulgo se hace de él. Nuestro fraile de Jódar asistió al Concilio de Trento, participando en los debates de la justificación, los Sacramentos y la Eucaristía. Visitó también, a instancias del ministro general de la Orden de frailes menores de San Francisco de Asís los conventos franciscanos alemanes y, tras sus andanzas por Europa, Fray Luis de Carvajal retorna a las Andalucías, para ser guardián del convento de Sevilla y ministro provincial de Andalucía. Vino a fallecer a Jódar en el mes de septiembre de 1552. 

El caso de Fray Luis de Carvajal es paradigmático, me explico: si la situación del clero durante el siglo XVI podía clamar a los cielos en Europa por la relajación de costumbres y, no lo olvidemos tampoco, por la adulteración doctrinal, en España eso no ocurría dado que, con antelación a la falsa reforma luterana, se había afrontado una auténtica y profunda reforma, de la mano del eminentísimo Cardenal Cisneros, ayudado por todos aquellos que con él trabajaron al unísono por sanear el clero español. Pues como afirmaba Menéndez y Pelayo: "La reforma llevada a cabo con tan incontrastable tesón por el antiguo guardián del convento de la Saceda [Fr. Francisco Ximénez de Cisneros] y el no haber en España relajación de doctrina, aunque sí de costumbres, es lo que nos salvó del protestantismo. El confundir a nuestros frailes, después de la reforma, con los frailes alemanes del tiempo de Erasmo, arguye la más crasa ignorancia de las cosas de España".

España no tuvo necesidad de protestantismo, dado que éste no era otra cosa que la corrupción doctrinal, la adulteración del cristianismo bajo la cobertura de una indignación, fingida y exagerada por la sofistería y la demagogia, contra la postración de las costumbres en el clero que mejor que nadie supieron corregir nuestros santos tridentinos.  

BIBLIOGRAFÍA

Menéndez y Pelayo, Marcelino, "Historia de los heterodoxos españoles".

Higueras Maldonado, Juan, "Humanistas giennenses (s. XIV-XVIII)", Universidad de Jaén. 

jueves, 13 de octubre de 2016

UN MISIONERO TOSIRIANO EN AMÉRICA





FRAY CRISTÓBAL LENDÍNEZ PORCUNA, MISIONERO Y FUNDADOR DE PUEBLOS

Manuel Fernández Espinosa

Ayer mismo, 12 de octubre, celebrábamos el día de la Hispanidad. Un buen modo de conmemorarlo nosotros será recordar las hazañas misioneras de un compatriota nuestro, tosiriano del siglo XVIII.

Pudiéramos decir que el siglo XVIII es el Siglo de Oro de Torredonjimeno. Es en este siglo cuando nuestro pueblo alcanza su punto álgido en cuanto a personalidades que descollaron en la política, la cultura, el ejército y la religión: D. Fernando María del Prado y Ruiz de Castro, fray Alejandro del Barco García, fray Juan Lendínez... son algunos de los hombres que han dejado su huella en la historia. Uno de ellos, tal vez menos conocido, fue el franciscano fray Cristóbal Lendínez, hijo de Cristóbal Lendínez y Francisca Porcuna, y hermano del historiador, también franciscano y tosiriano, más arriba mencionado fray Juan Lendínez que fue quien nos relató las peripecias de su hermano en América.

Cuenta su hermano Juan que su difunto progenitor, que era algo astrólogo, había vaticinado sobre su hijo Cristóbal que éste "...andaría mucho mundo". Huérfano de padre y madre, Cristóbal siguió la estela de su hermano mayor revistiéndose con la piel seráfica, como también se llama el hábito de San Francisco de Asís. Profesó en el convento franciscano de Córdoba en donde estudió Filosofía y Teología y, una vez en la ciudad de Jaén, se alistó a las misiones convocadas por Su Majestad D. Felipe V de España, con el propósito de evangelizar la Purísima Concepción de Piritu y Provincia de Cumana, en el antiguo reino del Perú (hoy Venezuela), cuando corría el año del Señor de 1737.

Antes de partir a la portuaria ciudad de Cádiz, donde embarcaría rumbo a las Américas, pasó fray Cristóbal por Torredonjimeno en compañía de su condiscípulo el porcunense fray Benito de Puentes; los dos jóvenes frailes no tenían ni veinte años de edad, y abandonaban familia y patria para exponer sus vidas en la propagación de la fe católica. Se despidió fray Cristóbal de sus muchos hermanos, "hablándonos con más expresiones de los ojos, que conceptos de los labios" -nos cuenta fray Juan Lendínez, y después del último abrazo, el tosiriano y el de Porcuna marcharon a Cádiz donde, por falta de navío y otros trastornos internacionales, tuvieron que esperar en tierra firme hasta que por fin pudieron embarcar en un navío holandés cuando corría el año de 1740. Surcaban el mar cuando los sorprendió un temporal tan descomunal que poco faltó para naufagar, por lo que muy dañado el buque se vieron forzados a desembarcar en Canarias y cambiar de embarcación. Otro barco holandés los llevaría a la isla de Puerto Rico y de allí pasaron a Nueva Barcelona donde aportaron en septiembre de 1742.

FUNDACIÓN DE SANTÍSIMO CRISTO DE PARIAGUÁN.

Una vez en Nueva Barcelona sus superiores destinan a fray Cristóbal Lendínez a un pueblo próximo al nacimiento del río Unarex (hoy río Unare), con la única compañía del Padre Henestrosa. El poblado del que se hicieron cargo era dos chozas bajo las que cobijaban unas cuarenta almas. Los dos religiosos españoles se abrieron paso entre la jungla, buscando -como el Buen Pastor a sus ovejas- a los indígenas que vivían en la espesura de la selva sin noticia de Cristo ni de la civilización. Después de adoctrinarlos y cristianarlos, el tosiriano fundó un pueblo de 276 vecinos (entre los que había españoles, indios palenques y caribes). El misionero tosiriano erigió la iglesia, trazó calles y levantó casas, nombrando alcalde de aquel pueblo a un indio llamado Pariaguán. Por el Cristo que colocaron en el altar de la iglesia y por el nombre del nativo que lo gobernó primero, se bautizó al pueblo con el nombre de Santísimo Cristo de Pariaguán.

Tanto añoraba fray Cristóbal su lejano Torredonjimeno natal que, haciendo las veces de "arquitecto" de la primitiva iglesia de Pariaguán, vino a reproducir en aquella iglesia americana las hechuras de la Iglesia Mayor de San Pedro Apóstol de Torredonjimeno, labrando él mismo unas robustas columnas de madera que como las de nuestro templo de San Pedro sostuvieran la techumbre.

Más tarde, fray Cristóbal Lendínez y el P. Henestrosa fundaron otro pueblo en las llanuras del río Pao; este segundo pueblo llegó a tener doscientas familias de españoles e indios, y esta vez su templo fue dedicado a la Purísima Concepción de Santa María en memoria de la advocación de nuestra iglesia parroquial de Santa María de Torredonjimeno.

Pero no todo fue para los fundadores un camino de rosas. Tres veces intentaron destruir Pariaguán los indios que se obstinaban en seguir en la selva, pero no lo consiguieron y fray Cristóbal Lendínez incluso llegó a convertir a muchos de estos salvajes al catolicismo. El fraile tosiriano no sólo beneficiaba espiritualmente a los indígenas sino que, en tiempos de penuria, se quitaba el pan de la boca para que pudieran comer los pobres indios a los que enseñaba a cultivar y tejer ropa y vestido propios. En carta a su hermano fray Juan Lendínez, fray Cristábal escribió estas entrañables palabras: "Juan, dile a nuestra querida hermana María, que si quiere venirse a estas tierras, me ayudará a enseñar a veinte niñas indias, que tengo ahora a mi vista, cada cual con su costura."

PRELADO COMISARIO APOSTÓLICO

En 1769 fray Cristóbal Lendínez fue elegido Comisario in cápite de las misiones, y en 1771 es elegido Prelado Comisario Apostólico de las misiones del Perú, cargo que desempeñó durante un lustro. Muchas fueron las penalidades que atravesó el tosiriano pues algunos indios caribes, aliados de los holandeses, hacían todo lo posible por entorpecer y hostigar las misiones españolas, asesinando a los indios cristianizados y martirizando a los misioneros españoles. Pero, tenaz y con la fe puesta en Dios, logró el tosiriano poblar los yermos de Caura con las gentes de Arevato, Parava y Parime, arriesgando su vida en su incesante labor apostólica.

En carta de 14 de mayo de 1776 a su hermano fray Juan Lendínez que por esos entonces estaba en el Convento de San Francisco de Martos, escribió el misionero:

"He padecido en el establecimiento de las misiones al sur del Orinoco, lo que no puedo explicar, y sólo se pudiera vencer con el auxilio divino; pero no me admiro que todo el infierno se conjurase en darme que sentir, porque con haberse establecido en dicho tiempo las nuevas conversiones de la otra banda del río, en Caura, Arevato y otros sitios de infieles, es bastante para que el enemigo, sentido de que le quitaban su posesión de las almas, diera y haya dado tanta guerra, y a mí tanto que merecer. Pero todo lo he dado por bien empleado por ver hecha la causa de Dios."

Todo hace suponer que aquel tosiriano fundador de pueblos murió en América, rodeado por aquellos indios agradecidos que en justicia le llamaban su "Padrecito". En algún lugar de aquella nación hermana han de reposar los restos mortales del audaz misionero tosiriano.

jueves, 11 de agosto de 2016

TORREDONJIMENO EN LA LITERATURA ESPAÑOLA



Dedicado a D. Vicente Oya, 
Cronista de Jaén y amigo cuya noticia de su muerte me ha llegado hoy.


Manuel Fernández Espinosa


LÍMITES DE ESTE ARTÍCULO

Para centrarnos en el asunto que presenta el título queremos limitar nuestra búsqueda. 

Este artículo tiene como objetivo suministrar al lector un elenco glosado de menciones de Torredonjimeno en obras literarias de autores de todas las épocas. Entendemos por literatura todos los productos artísticos que pueden hallarse en novelas, poemas o bien obras de teatro. Las menciones a Torredonjimeno desde la Edad Media a nuestros días en documentación de cancillerías, Órdenes Militares, Religioso-Militares (Calatrava, p. ej.) o Religiosas (Orden de Predicadores, de Frailes Menores o Mínimos...), etcétera, no es competencia del presente artículo, sería objeto de una investigación más minuciosa y por mucho que se dilatara, siempre quedarían fondos por descubrir. Tampoco vamos a tratar aquí las menciones que de Torredonjimeno se han hecho en obras de carácter histórico, tampoco las monográficas que se han consagrado a Torredonjimeno (por ejemplo, las dedicadas al Tesoro Visigodo). Podríamos citar, entre ellas, los fragmentos de Ximena Jurado, Ximénez Patón o Rus Puerta... O las del P. Alejandro del Barco o del P. Juan de Lendínez; incluíriamos en ellas las entradas que de Torredonjimeno se han hecho en los diccionarios geográficos de Bernardo Espinalt o Pascual Madoz, pero no. Nuestro cometido, aquí y ahora, son exclusivamente las obras literarias.

Con el presente artículo vamos a ofrecer una aproximación lo más completa posible, pero teniendo en cuenta que dicha indagación siempre queda abierta a nuevos hallazgos de menciones de Torredonjimeno en obras literarias más recónditas y extrañas, así menciones hechas por autores tanto aquí citados como no citados que alguna vez (o varias) pudieron mencionar a Torredonjimeno en una novela, poema, obra de teatro o cualquier texto periodístico. Las menciones a Torredonjimeno las han hecho efectivamente los autores que aquí vamos a presentar, pero podemos suponer que los mismos hayan referido el nombre de Torredonjimeno en otras obras de su cosecha que no hayamos leído todavía. Y todavía podemos conjeturar que otros autores, leídos o todavía no leídos por nosotros, han podido hacer en el curso de su producción literaria menciones.

Hechas estas salvedades "metodológicas", procedo.

TORREDONJIMENO EN LA LITERATURA DEL SIGLO DE ORO

Torredonjimeno entra en la literatura española por la puerta grande y lo hace de la mano del eminente marteño Francisco Delicado (aprox. 1475 - aprox. 1535); marteño decimos, aunque parece que no lo fue de nacencia, sí que lo fue de crianza como él mismo dice. Nuestro amigo el P. Recio Veganzones estudió la obra de Francisco Delicado y descubrió que, además de la "novela" más famosa que le da nombre, el Vicario del Valle de Cabezuela en Cáceres escribió otras obras de diversa temática: interesante es un libro sobre los remedios médicos para curar el "morbo gálico" (la terrible sífilis que, como enfermedad venérea, hacía estragos en su época mucho más todavía que en la nuestra): en 1525 y en Roma, el Padre Delicado publicó en italiano "El modo de adoperare el legno de India occidentale: Salutifero remedio a ogni piaga et mal incurabile" ("El modo de preparar el leño de las Indias occidentales: salutífero remedio a toda plaga y mal incurable"); más tarde, en 1529, se haría una segunda edición en Venecia); también en Roma, en 1525, publicó -en latín- el "De consolatione infirmorum" ("Sobre la consolación de los enfermos"). En 1526, en italiano otra vez, daría a la estampa el "Spechio vulgare per li sacerdoti che administranno li sacramenti in chiaschedune parrochia" ("Espejo popular para los sacerdotes que administran los sacramentos en cualquier parroquia"). Las obras que acabo de reseñar son de temática médica, médico-moral y religioso-eclesiástica, como convenía a un culto clérigo de la época. 

Más asombra -podríamos decir que resulta hasta escandalosa para los mojigatos- la obra más famosa de Francisco Delicado, dado que fue escrita por un cura y la temática es altamente erótica. un mundo de putas y vicios se nos presenta en ella: me refiero a "Retrato de la Loçana andaluza en lengua española muy clarissima. Compuesta en Roma. El qual Retrato demuestra lo que en Roma passava y contiene muchas mas cosas que la Celestina" (a partir de ahora la citaremos como "Lozana Andaluza").  Camilo José Cela dice que "sus vivísimos diálogos, tan pródigos en andalucismos e italianismos, nos ofrecen una obra -antecedente de la novela picaresca- en la que, al gracioso retrato de la heroína y su divertida trayectoria, se suman los de los ciento y pico de personajes que pululan por el relato y sitúan sus lances en la Roma por aquel entonces considerada como un "paraíso de putas"." Aunque la trama de la novela dialogada tiene como escenario la Roma papal corrompida en sus costumbres, su autor muestra que, aunque puso su residencia tan lejos de la patria que le vio crecer, no olvidaba ni a Martos ni a los pueblos vecinos. En muchos pasajes de la "Lozana Andaluza" puede encontrarse aquí y allá menciones a Jamilena, a Alcaudete... Y, por supuesto, a Torredonjimeno. 

La referencia que de nuestro pueblo aporta Francisco Delicado se intercala cuando se comenta el habilidoso ingenio que mostraba la Lozana para hacer amistades en Roma, adaptándose a un medio extraño mediante  toda suerte de recursos, como eran por caso la de expresar reales o ficticios vínculos de la protagonista con las localidades de aquellos de sus interlocutores españoles con los que se encontraba en el extranjero: "...halló aquí de Alcalá la Real, y allí tenía ella una prima, y en Baena otra, en Luque, y en la peña de Martos natural parentela; halló aquí de Arjona y Arjonilla y de Montoro, y en todas estas partes tenía parientas y primas, salvo que en la Torre Don Ximeno que tenía una entenada, y pasando con su madre á Jaén, posó en su casa, y allí fueron los primeros grañones que comió con huesos de tocino". Interesante es ver que, de entre todas las localidades referidas, Torre Don Ximeno se menciona con especial énfasis, teniendo en cuenta que el grado de parentesco de "entenada" es más estrecho e íntimo que el de primos. También nos llama poderosamente la atención ese detalle culinario de los "griñones [...] con huesos de tocino".

A lo que parece, los "grañones", según apunta D. Agustín del Saz, uno de los estudiosos de nuestra "Lozana Andaluza", vienen a ser "Sémolas de trigo cocido en grano", pero también he leído en otras ediciones "griñones" y, en ese caso, téngase en cuenta que se llama "griñones" ("bruñones" también) a las nectarinas, esto es: melocotones con la piel lisa.

Allá por el siglo XVI o todo lo más, a principios del XVII, podemos calcular la fecha de un romance popular que también menciona a nuestra localidad, esta vez ensalzando sus caldos vinateros que deberían ser de fama nacional. No consta el nombre del autor en la antología de romances populares en el que figura este romance (lo reproducimos íntregamente abajo en las notas); haremos bien en titularlo con el mismo estribillo que se repite como último verso en cada estrofa: "Poco bebo, mas quiérolo bueno". Sobre el vino de antaño tosiriano dice:

"Blanco de Guadalcanal
y aloques de Baeza
me confortan la cabeza
con Yepes y Madrigal,
Martos e Ciudad Real,
con lo de Torre Ximeno:
poco bebo, más quiérolo bueno."

También merece señalar que, según su propio testimonio, era de Torredonjimeno la familia del ignaciano P. Sebastián de Escabias, amigo y compañero de San Juan de Ávila, éste último sobradamente conocido como Doctor de la Iglesia y Apóstol de las Andalucías. Por cierto que el P. Sebastián de Escabias es antepasado colateral mío. Este autor, además de testificar en las investigaciones que se incoaron para el proceso de beatificación del P. Ávila, escribió el curioso libro "Casos Notables de la Ciudad de Córdoba" en el que refiere que a un antepasado suyo -hablo de memoria, creo recordar que era su abuelo tosiriano, otro Escabias- se le apareció Satanás en Arjona.

De Torredonjimeno también fue el humanista Francisco de Cuenca, amigo y corresponsal epistolar de humanistas de la talla de Cascales o Ximénez Patón. Podríamos citar también al teólogo tosiriano fray Ildefonso de Padilla, de los mínimos de la Victoria, autor de un enjundioso comentario en latín del libro de Habacuc, cuya edición primera se hizo en las imprentas tosirianas de los Hermanos Copado (siglo XVII) y más tarde merecería la impresión incluso en varias ciudades centroeuropeas, de Alemania y Austria. Pero no queremos derramarnos por otros afluentes que no sean los de la literatura.

EN LA LITERATURA DEL SIGLO XIX

Torredonjimeno parece desaparecer en la literatura española que, a partir del siglo XVII va eclipsándose como la misma España en su poderío imperial. Tendremos que aguardar al siglo XIX, cuando la prominente figura del hijo más ilustre de Torredonjimeno, el mariscal carlista D. Miguel Sancho Gómez Damas, irrumpa en la escena nacional e internacional proyectando su capacidad estratégica y el heroísmo del carlismo popular acaudillado por él, no solo  en los fragores de todas las batallas en las que estuvo, sino sobre todo con la Expedición famosísima que lleva su nombre. Tendremos que contentarnos, por lo tanto, con las referencias que de Gómez se hacen que son copiosísimas y que, a veces sí y otras no, llevan al lado del nombre inmortal del carlista el de su villa nativa, nuestro Torredonjimeno.

Así tenemos al romántico Mariano José de Larra que en su artículo titulado "El día de Difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio", refiere el nombre del General Gómez en estos renglones: "...un general constitucional que persigue a Gómez, imagen fiel del hombre corriendo siempre tras la felicidad sin encontrarla en ninguna parte...". También (aunque no sea propiamente en el marco de la literatura española) merece la pena decir que el espía británico y propagandista protestante George Borrow, en su libro de viajes "La Biblia en España" (traducido espléndidamente por Manuel Azaña: ojalá se hubiera dedicado solo a la literatura en vez de a la política este Azaña), se refiere a algunas anécdotas del tiempo en que nuestro General Gómez conquistó la ciudad de Córdoba. El filósofo y polígrafo catalán Mosén Jaime Balmes, en su severa biografía de Baldomero Espartero, también alude a Gómez: "Una de las principales operaciones que se encomendaron a Espartero antes de obtener el mando en jefe fué la persecución de Gómez; pero Gómez atravesó el reino de Asturias, penetró en Galicia, ocupó poblaciones importantes, revolvió sobre Castilla, y cuando acabábamos de leer pomposos partes en que se suponía que la división expedicionaria había sufrido fuertes descalabros, la vimos internarse hasta el corazón de España, destruir completamente la columna de López en Jadraque, marchar en dirección de Valencia, y con aliento bastante para pasearse por Andalucía y Extremadura, a pesar del desastre de Villarrobledo. El general Espartero había a la sazón caído enfermo [...] ignoramos si la enfermedad sería muy grave; pero lo cierto es que vino muy a tiempo": excelente resumen balmesiano de la Expedición Gómez y certero retrato del oportunista liberal y enemigo de Gómez, Baldomero Espartero. Podríamos añadir muchísimas más referencias a nuestro General Gómez y su expedición, pero, bien es verdad, en pocas se explicita el nombre Torredonjimeno. Aunque no era desconocido el origen de Gómez, como bien lo muestra el Diccionario de Pascual Madoz que precisa que nuestra localidad es el pueblo natal del "caudillo faccioso Miguel Gómez".

Benito Pérez Galdós, en su monumental serie de novelas, todas bajo el título de "Episodios Nacionales", también se refiere a Miguel Gómez en el tomo de "Zumalacárregui" y, sin relación con el general carlista, también menciona el nombre de Torredonjimeno en su "episodio" (tomo) correspondiente a "Bailén".

EN LA LITERATURA DEL SIGLO XX

A caballo del siglo XIX y del XX, nuestro Gómez sigue presente en los más conspicuos autores de la Generación del 98. Don Miguel de Unamuno refiere la gesta de Gómez que ya en su época tenía tonos legendarios en su magnífica novela "Paz en la guerra". También lo hace D. Ramón María del Valle Inclán, en su trilogía novelística titulada "Las Guerras Carlistas", pero será el vasco Pío Baroja el que, no sólo muestre un interés notable por la figura de nuestro General Gómez, sino que explicitará la oriundez tosiriana de Gómez. Gómez es protagonista de sendos artículos y de todo un reportaje "La Expedición Gómez" del prolífico novelista y articulista vasco. Dentro de la Generación del 98, Antonio Machado también mencionará -ya sin alusión alguna a Miguel Gómez- nuestra localidad en un poema, del cual reproducimos unas estrofas:

¡Qué bien los nombres ponía,
quien puso Sierra Morena
a la serranía!

...

¡Torredonjimeno!
¡Torreperogil!
Quien quedara hecho torre
cerca del Guadalquivir.

El siguiente autor de fama universal que citó Torredonjimeno -y del que tenemos constancia- fue D. Camilo José Cela, Premio Nobel de Literatura de 1989. En su "Primer viaje andaluz", el andariego gallego pasó por Torredonjimeno, dejando registrado en su libro de viaje: "De Torre del Campo a Torredonjimeno, hay la mitad de camino que esta mañana lleva ya andado el vagabundo. A poco de salir de Torre del Campo y a la mano izquierda, queda el camino de Jamilena, con su ermita de Nuestra Señora de la Estrella, que pertenece al curato torrejimenudo de San Pedro. En el término de Torredonjimeno hay varias ermitas más: la del Santo Cristo, la de la VIrgen de la Consolación, que es la más vieja y venerada, la de San Juan Bautista y la de San Cosme y San Damián. Torre del Campo y Torredonjimeno, con su Torre de Alcázar y su Torre Fuencubierta, son dos pueblos grandes y soleados, en los que el vagabundo, que hoy tiene gansa de andar, no se detiene más que para verlos, y olerlos, y tocarlos. En Torredonjimeno nació el cabecilla carlista Miguel Gómez, que en el 1836 salió de Álava con tres mil hombres, se llegó a Asturias y Galicia, pasó a León, se metió en la Mancha, tomó Córdoba, se paseó por Extremadura, acampó en Ronda, volvió grupas y se plantó en Burgos, y llegó a su cuartel de Orduña con un botín cuantioso y más hombres de los que mandara al partir. Y todo en seis meses y con Espartero y Narváez pisándole los talones".

Como queda patente, D. Miguel Gómez sigue presente, más allá de la Generación del 98, en la obra posterior de escritores universales como Cela, lo cual indica que el personaje más importante de toda nuestra historia local es, sin género de discusión, el carlista General Gómez.

Será otro gallego, injustamente menos conocido, el que no sólo se contentará con mencionar de pasada a Torredonjimeno, sino que dedicará una novela entera a nuestro pueblo: se trata de Ramón Nieto (La Coruña, 1934), entre cuyas novelas figura la titulada "La patria y el pan" (1962). Dicha novela, enmarcada en lo que podemos llamar "realismo social" de los años sesenta, tiene como protagonistas a personajes de nuestra localidad, se presentan algunos de nuestros rincones locales (la novela empieza describiendo la Fuente de Martingordo, p. ej.), aunque -al tratar la problemática social- los protagonistas de esta novela tienen que buscar el camino de la emigración, por lo que la novela no sólo se ambienta en Torredonjimeno, sino también en los barrios chabolistas del Madrid que empezaba a experimentar su crecimiento y desarrollo con la mano de obra venida de las provincias, como son los mismos personajes tosirianos, llenos de humanidad, crudeza y ternura, que nos presenta Ramón Nieto en este libro, pero -por la densidad de esta novela- prefiero reservale un artículo completo.

Para terminar, no podemos dejar de mencionar al escritor contemporáneo Juan Eslava Galán como el embajador vivo de nuestra localidad en la literatura. Como es sabido, Eslava Galán es natural de Arjona, pero tengo entendido (y creo no equivocarme) que sus orígenes maternos lo vinculan con Torredonjimeno. En algunos de sus libros, Eslava Galán otorga un lugar de honor a Torredonjimeno: así en "El enigma de la Mesa de Salomón" o en "Los templarios y otros enigmas medievales" aparece citada nuestra localidad, lástima que sean libros que combinan los datos históricos con hipótesis esoteristas y otras patrañas. Como resultado de estas incursiones de Eslava Galán en lo que llamo el género de la historia-ficción sí que hay un producto verdaderamente literario que es la novela "La lápida templaria", firmada, por motivos empresariales, por Eslava Galán bajo el pseudónimo de Nicholas Wilcox. En "La lápida templaria" podemos ver a Torredonjimeno ocupando un lugar muy destacado en la trama de la novela. Es posible que Eslava Galán haya citado a Torredonjimeno en otras obras suyas, me estoy acordando -por ejemplo- de algún artículo sobre El Molino del Cubo, sobre nuestro mismo Castillo de Torredonjimeno y hasta por ahí hay algo sobre nuestro paisano Francisco Roldán que lleva la firma de Eslava Galán, pero -como comprenderá el lector- aunque haya leído algo de Eslava Galán, tengo mejores cosas en que emplear el tiempo que en las obras completas del escritor arjonero. No obstante, pese a mis discrepancias con respecto al contenido y el sesgo ideológico de Eslava Galán, he de reconocerle que ha llevado el nombre de Torredonjimeno a la literatura contemporánea española. Y eso es algo que se agradece.



NOTA:

El romance báquico que menciona a Torredonjimeno (lo que indica lo antiguo y la nombradía de la producción vinícola de nuestra villa) es bastante largo, pero me parece oportuno publicarlo, aunque sea aquí en las notas, íntegro; a lo que parece, por ser cantar popular, es de autor anónimo. Dice así:

No me vea yo a la mesa 
sino siempre el jarro lleno: 
poco bebo, mas quiérolo bueno. 

Con tanto cada mañana 
como una blanca de agua 
mato y enciendo mi fragua 
y esto(y) alegre e vivo sana: 
de vino contino hay gana, 
por el pan poco me peno: 
poco bebo, más quiérolo bueno. 

Para mi pobre comida 
con una azumbre estoy buena 
y entre la comida y cena 
bien me basta una medida; 
después para la comida 
basta un pucherito lleno: 
poco bebo, más quiérolo bueno. 

Blanco de Guadalcanal 
y aloques de Baeza 
me confortan la cabeza 
con Yepes y Madrigal, 
Martos e Ciudad Real, 
con lo de Torre Ximeno: 
poco bebo, más quiérolo bueno. 

Quien el vino me quitare, 
quitada tenga la vida: 
nunca es pobre la comida 
donde el vino no faltare; 
no hay dolor que se compare 
con vello en poder ageno: 
poco bebo, más quiérolo bueno. 

Yo no siento igual dolor 
que estar comiendo sin vino: 
sólo en pensallo me fino 
y lloro al mejor sabor; 
Dios bendiga tal licor, 
que el agua hácese cieno: 
poco bebo, más quiérolo bueno. 

En mi fresca mocedad, 
con cuya memoria muero, 
siempre estaba lleno un cuero 
para mi necesidad; 
mas ya por mi pobre edad 
poco vale lo que ordeno: 
poco bebo, más quiérolo bueno. 

En un jarrillo cualquiera, 
boquituerto, desasado, 
tengo de ir, por mi pecado, 
a casa de la tabernera, 
y ella es tan limosnera 
que remedia el mal ajeno: 
poco bebo, más quiérolo bueno. 

Toma tocas y gorgueras, 
cofias, cuentas y sortijas 
y de esotras baratijas, 
madejas, telas, calderas, 
de aspas y devanaderas, 
un jaraíz tiene lleno: 
poco bebo, mas quiérolo bueno. 

(Revista Hispánica, t. XXXI (año 1914), pág. 585. Gallardo, t. I. 1929 - Cantar de Borracheras.

domingo, 19 de junio de 2016

DE LA PROSAPIA DE LOS APELLIDADOS LENDÍNEZ


Ruinas del palacete de los Marqueses de Lendínez, en Lendínez (Torredonjimeno)
 
ALGUNOS DATOS SOBRE ESTE APELLIDO DE LA COMARCA
 
 
Manuel Fernández Espinosa
 
 
El apellido Lendínez es un apellido de origen incierto. Por un lado podría pensarse a la ligera que es un apellido toponímico, dado que existen dos enclaves rurales en el Reino de Jaén llamados "Lendínez" (uno en Santisteban del Puerto y otro en Torredonjimeno), pero resulta que el apellido Lendínez es anterior a estos antiguos núcleos rurales homónimos: pasaría aquí como ocurre con otros cortijos y cortijadas (Tafur y Nicuesa, en Martos; o Uribe en Torredonjimeno, por citar tres ejemplos de lugares que reciben su topónimo respectivo de sus antiguos propietarios); en el caso de Tafur y Nicuesa nos hallamos con dos apellidos de reconocidos reconquistadores de tiempos de San Fernando Rey.
 
Parece, por lo tanto, que Lendínez sea un apellido antes de dar nombre a unas pedanías y, más tarde, a principios del siglo XVIII, incluso convertirse en un título nobiliario de Castilla: el de Marqués de Lendínez, sin que los marqueses hayan llevado nunca el apellido Lendínez. 
 
Sin embargo, los Lendínez de nuestra comarca fueron de antiguo hidalgos. Se dice por aquí que el apellido tal vez proceda de un supuesto caballero alemán que vino a la Reconquista en la Edad Media y cuyo nombre, presumiblemente, sería algo así como "Lend", lo que daría el patronímico "Lendínez" (donde -ez actúa como "hijo de", en ese caso, "Lend", al igual que Fernández es "hijo de Fernando").
 
En la Edad Media ya encontramos a los Lendínez comarcanos figurando como "lanzas" del Maestre de Calatrava, una especie de escolta. Esto lo sabemos por la información que existe de uno de estos Lendínez, José Lendínez Ladrón de Guevara que, allá por 1658 era uno de los Secretarios de Su Católica, Sacra y Real Majestad Felipe IV, oriundo de la comarca de Martos. De la documentación de éste se desprende que hubo otro Lendínez de su linaje que sirvió como Capitán de Infantería española en Sicilia y otro había servido más de veinte años en Napoles.
 
Éste José Lendínez se casó con Francisca, hija del cartógrafo y pirata portugués Pedro Tiexeira, (sobre el cartógrafo ver artículo enlazado) concertándose el matrimonio el 4 de marzo de 1658. Pedro Teixeira recibió el título de Cosmógrafo Real allá por 1622.
 
Otros dos Lendínez, de la rama de Torredonjimeno, fueron los franciscanos, hermanos de sangre también, del siglo XVIII: Fray Cristóbal Lendínez y Fray Juan Lendínez, rescatados por nosotros en la revista ÓRDAGO (el único que había mencionado sus nombres fue el Maestro Juan Montijano en su libro, pero con muy pocos datos en su día).
 
Fray Cristóbal fue misionero en América, fundador de un pueblo que pobló con indios traídos por él de la selva. Y su hermano Fray Juan fue Guardián del Convento de San Francisco el Grande de Martos, así como escritor de los anales de las antigüedades de la Encomienda de Martos.

domingo, 29 de mayo de 2016

LA CRUZ DE CRISTO Y LA CRUZ DE SAN PEDRO

Lápida de la Cruz crístico-petrina de la S. I. Catedral de Jaén,
fotografía: Eduardo López Pérez.



CONTRA LAS FALSAS ESOTERÍAS


Manuel Fernández Espinsoa


En mármol blanco, en cada una de las cuatro pilas de agua bendita (que corresponden a cada una de las cuatro puertas de nuestra iglesia catedral de Jaén) podemos ver esculpidas unas curiosas cruces que, además de tener su brazo horizontal arriba (como cualquier cruz de planta latina) exhibe otro brazo, de igual tamaño, al pie del eje vertical.
 
En "El enigma de la mesa de Salomón" el escritor Juan Eslava Galán ofrece una interpretación totalmente fantástica de este símbolo. Eslava Galán ve en ella un esoterismo absolutamente inventado por él: el brazo horizontal -según el de Arjona- sería el reconocimiento implícito de que, bajo el suelo del templo catedralicio, hubo un supuesto templo primitivo dedicado a la Diosa Madre. Bueno, cada cual ve lo que quiere ver. El problema es que, con explicaciones así, el público vive en una nueva ignorancia, aquélla con la que se nutre leyendo patrañas tantas veces -por no decir "siempre"- contrarias a la ortodoxia católica.
 
Para desfacer los embolismos del obscurantismo laicista con ribetes pseudo-esotéricos me propongo muy brevemente comentar el significado y origen de este símbolo, siguiendo la aportación de nuestro paisano y mi maestro, el Rvdo. Padre Juan Montijano Chica que, amén de canónigo de la S. I. Catedral de Jaén, fue un historiador e investigador que tuvo acceso privilegiado a los archivos diocesanos.
 
El Padre Montijano Chica comentó este símbolo en un artículo que le publicó el diario JAÉN, allá por el año 1978. En dicho artículo explica que el símbolo representa la Cruz de Cristo y la Cruz de San Pedro Apóstol que, como todo el mundo sabe, "boca abajo, es y representa en el caso que comentamos, la cruz de Pedro, pero tan unida a la de Jesucristo que esas dos cruces forman un todo misterioso e indivisible. Es el árbol cuya savia divina vivifica todo el cuerpo místico de la Iglesia".
 
El P. Montijano fue más allá e indagó hasta descubrir el origen de esta misteriosa cruz de nuestra Catedral, hallando en Beato Fray Diego José de Cádiz al responsable de la inspiración (puede verse algo sobre Beato Fray Diego José de Cádiz y nuestra comarca en mi artículo "Beato Fray Diego José de Cádiz, taumaturgo y profeta contra-revolucionario"). Nuestro paisano incluso pudo datar con bastante precisión el tiempo en que el místico capuchino misionero inspirò al Cabildo Catedralicio la idea de labrar estas cruces y ponerlas en donde las podemos ver hoy: esto ocurrió en los meses de abril y mayo de 1780, cuando fray Diego José se encontraba misionando en Jaén capital. Era un momento delicado para la diócesis, pues por aquellas fechas la regía un Vicario capitular, tras el fallecimiento del Obispo D. Antonio Gómez de la Torre y Jaraveitia (muerto el 23 de marzo de 1779) y sin que todavía se hubiera designado a ningún otro para ocupar la sede episcopal. Ésta vendría a dejar de estar vacante cuando se nombró a D. Agustín Rubín de Ceballos en el verano de ese año 1780,
 
Está claro, por lo tanto, que la Cruz crístico-petrina de las lápidas de los benditeros catedralicios nada tiene que ver con delirios ocultistas, como los que fomenta el oscurantismo de Eslava Galán. Existe la referencia histórica de la fecha en que se manda poner estas lápidas, así como consta la propuesta de fray Diego José de Cádiz, pero lo que todavía no ha sido averiguada es la razón por la cual Beato Diego José de Cádiz tuvo esa inspiración: teniendo en consideración que Diego José de Cádiz era un santo taumaturgo, superdotado con dones místicos, no es de extrañar que esta cruz -como comentaba el P. Montijano- le fuese inspirada por una moción del Espíritu Santo, actuando simbólicamente como un sello que cifra simbólicamente la absoluta adhesión al Romano Pontífice en tiempos revolucionarios, cuando Francia temblaba por los excesos y crímenes de las hordas revolucionarias, enemigas del Trono y del Altar.

martes, 29 de marzo de 2016

LA CALLE DÁVALOS Y SUS FRANCISCANOS MILAGROS



Piedra Armera de los Melgarejo,
emparentados posteriormente con los Moro-Dávalos,
hoy en la fachada de la Iglesia Parroquial Mayor de San Pedro Apóstol,
Torredonjimeno



Manuel Fernández Espinosa



La calle Dávalos conserva en su nombre la memoria de un apellido tosiriano de prosapia, el de la hidalga familia que en ella estuvo avecindada durante siglos: los Moro-Dávalos.

Nos cuenta Alejandro del Barco que el primero de los Moro-Dávalos que se asentó en Torredonjimeno fue D. Francisco Moro-Dávalos, que muy probablemente era natural de Úbeda, ciudad de la que vino cuando se instaló en nuestra localidad a mediados del siglo XVI. En Torredonjimeno D. Francisco tuvo tres hijos: D. Cristóbal, Don Francisco y Don Juan Moro-Dávalos. Dicen los mayores que la trasera de su casa palaciega venía a dar a la Plaza Mayor, y sus balconadas se han conservado hasta hace bien poco; permanece no obstante el espíritu de la fachada antigua, aunque transformado, en lo que es la fachada que va desde el Casino a la sede de CAJASUR. Pero queda por contrastar esta noticia oral.

No obstante, era en la casa de los Moro-Dávalos, ubicada en la calle homónima, en donde se hospedaban los frailes franciscanos cuando, ya del convento de Martos, ya del de Jaén, venían para pasar temporadas en Torredonjimeno, allegando limosnas, predicando y formando en la piedad a los miembros de la Orden Tercera de San Francisco de Asís.

Así como los Padilla eran de marcada vocación dominica, la familia Moro-Dávalos era franciscana, muy devota de San Francisco de Asís. Dos sucesos, atribuidos a milagro, ocurrieron en esta casa, como así nos lo cuenta el antiguo cronista franciscano de la provincia de Granada, P. Fray Alonso de Torres, en un libro del año 1683.



LA ORDEN TERCERA DE SAN FRANCISCO DE ASÍS



Años antes de ser fundada la orden tercera de San Francisco había tenido lugar a las afueras de la villa un extraño suceso que se consideró milagrosa intervención y aparición de San Francisco de Asís. El lugar en que ocurrió aquel suceso se llamó desde entonces Pocito Santo. Este evento tuvo como protagonista a un empedrador de nación francesa que había españolizado su apellido, haciéndose llamar Juan Serrano. No nos vamos a detener ahora en las circunstancias que enmarcaron aquel acontecimiento, válganos la fecha de aquel episodio: miércoles, 23 de octubre de 1585.

La Orden Tercera franciscana, a la que pertenecía la familia Moro-Dávalos, al igual que muchas familias tosirianas de toda condición social, se había fundado en Torredonjimeno el año de gracia de 1610 de la mano del P. Fray Fernando de Castro, fraile francisco del convento de Jaén. La orden tercera franciscana estaba por aquellos años en su pleno apogeo, y no sólo en Torredonjimeno, sino en toda España. Pocos eran los pueblos españoles que no tenían su orden tercera de San Francisco de Asís. Pongamos por caso, y es caso notable, que, tres años después de que esta orden tercera se fundara en Torredonjimeno, D. Miguel de Cervantes Saavedra ingresaba como novicio en dicha orden. El sábado santo, 2 de abril, de 1616 D. Miguel de Cervantes pronunció los votos definitivos en su propia casa. Y para nuestra curiosidad sepamos también que estos hermanos terceros de Torredonjimeno eran enterrados, como el mismo Cervantes lo fue y como todos los hermanos terceros lo eran, con la cara descubierta, costumbre que tenía la Orden.



MILAGROS EN LA CASA DE LOS DÁVALOS TOSIRIANOS



Pasan los años y crece la devoción a San Francisco de Asís en Torredonjimeno. Y más que crecerá con la rara noticia que se difunde de lo que se consideran milagros debidos a su poderosa intercesión.

Uno de los Moro-Dávalos, D. Francisco, hijo de D. Francisco Moro Dávalos, había casado el 9 de enero de 1662 con Doña Antonia Huete Castellano, hija de D. Cristóbal Huete y doña Catalina Castellano. Seis años llevaban casados D. Francisco Moro-Dávalos y Doña Antonia de Huete, cuando, allá por septiembre de 1668, doña Antonia de Huete, a consecuencia de un mal parto que acabó en aborto, estuvo a las puertas de la muerte. No se darían prisa en enterrar al mortinato, pues a juzgar por el estado en que se encontraba la madre, todo hacía presagiar que ambos irían a la sepultura. Era la costumbre en estos casos la de abrir en canal a la difunta madre para introducir en su seno a la finada criatura (así se nos hace constar en una curiosa entrada que obra en los obituarios de los archivos parroquiales).

La familia y la servidumbre lloraba alrededor del lecho de dolor donde yacía la señora, debatiéndose entre la vida y la muerte, cuando el suegro de la convaleciente doña Antonia, D. Francisco Moro-Dávalos, se abrió paso entre las plañideras y, a voces recias, con esa fe que tenían los recios hidalgos castellanos de antaño, dice así: "¡Hija, hoy es día de las Llagas de nuestro Padre San Francisco, y no es posible suceda cosa adversa en mi casa!".

Después de implorar el favor del santo repetidamente, doña Antonia se restableció. Y en agradecimiento a lo que se supuso milagrosa intercesión de San Francisco de Asís, el esposo de doña Antonia de Huete labró en su casa un cuarto para aposentar a los religiosos de San Francisco. Por su parte, agradecida por la intercesión de San Francisco, Doña Antonia hace el voto de mandar Misa en cada aniversario de aquel suceso que la devolvió a la vida, observando su puntual cumplimiento de año en año.



EL INCENDIO DE LA CASA ENCENDIDA



Casa es la de los Moro-Dávalos encendida por la fe inquebrantable en las bondades de Dios y la intercesión de San Francisco de Asís. En 1672 muere D. Francisco Moro-Dávalos, el suegro de Doña Antonia que, en tan dramático trance, afincó su fe con aquellas firmes palabras de esperanza que hemos evocado. Un día de ese año 1672 la señora doña Antonia se va a oír Misa a San Pedro, cerrando la puerta de su casa con llave. En el traspatio de la casa se prende fuego, y los vecinos corren a avisar a la familia que está en la iglesia.

Pero, ¿qué creemos que hizo Doña Antonia cuando le llegaron con tan infaustas nuevas?. ¿Perdió los nervios ante la noticia y corrió a atender sus intereses?. Nos queda muy lejos aquel espíritu confiado de nuestros antepasados, "alcionismo" como le llama Julián Marías, que es la expresión de la entereza de nuestros antiguos. La señora, con todo el empaque que podemos imaginar en una hijadalgo de aquellos entonces, desoye el clamor de los vecinos que alarmados han venido a avisarla. Impasible escucha la novedad que le traen. Manda que se aparten de ella y la dejen en paz asistir a los oficios sagrados a los que ha venido a San Pedro. Se queda en la Misa hasta su término, sin importársele un ardite la deriva de las llamas que se han declarado y que amenazan la ruina de su casa.

Después del "Ite Misa est", doña Antonia regresa a su morada. Por fortuna -no olvidemos que ella tenía claro que por milagro providencial- no había nada que lamentar. El fuego no había ocasionado todo el perjuicio que se había calculado que podía causar. La casa se había encendido, pero no se había incendiado.