lunes, 23 de marzo de 2015

TORREDONJIMENO, PASO OBLIGADO DE SANTOS

 "San Eufrasio, patrón de la diócesis"

TORREDONJIMENO: PASO OBLIGADO DE SANTOS.

Luis Gómez López

Desde muy temprana edad, los primeros varones apostólicos[i] se dedicaron a predicar la Buena Nueva por las tierras de María Santísima. Según la tradición, a San Eufrasio, actual patrón de la provincia e Jaén, le tocó en suerte la sede de Iliturgi, (erróneamente identificada con la actual Andújar), y una vez fallecido, sus reliquias se trajeron a dicha localidad. Éste es quizás el caso más notorio del tránsito por estas tierras de los santos, pero hay otros muchos, pues la semilla de sus predicaciones no caería en tierra baldía, y muy  pronto se propagó el mensaje de Cristo siendo otros muchos los que siguieron sus pasos. [ii]

Para D. Juan Montijano, la creación de la silla episcopal de Tucci (Martos), es obra de San Eufrasio, así lo expresa al decirnos: “Desde este punto [Iliturgi] irradió su predicación por todos los contornos que forman la actual diócesis de Jaén, y si no fundó él personalmente las sillas episcopales de Tucci (Martos), Mentesa y Cástulo, no cabe duda que lo fueron por algunos discípulos suyos”[iii]. La situación geográfica de Torredonjimeno, como encrucijada de caminos, es ideal para que transcurran por su término gentes y mercancías. A día de hoy, ese hecho sigue siendo igual de importante, pues la proximidad de las capitales de provincia de Jaén, Granada, y Córdoba, hacen que la localidad sea epicentro de ese trasiego incesante del que hablamos.

Ese hecho no pasó desapercibido para nuestros antepasados, quienes veían en la comarca un estupendo lugar para asentarse y vivir. Así, poco a poco, fue aumentando la población en la comarca, y con ello, la dirección espiritual de sus moradores.

La proximidad de Tucci es vital en este estudio, habida cuenta de la religiosidad de las gentes del lugar y el arraigo de la doctrina católica en estos lares. Durante el período tardo romano y visigodo, tenemos en la zona la presencia de varios obispos tuccitanos los cuales acudieron a los primeros concilios cristianos, dando así buena muestra de lo que apuntamos. Algunos nombres propios que avalan esta hipótesis son los de Camerino y el presbítero Leo, en el concilio de Elvira (Granada) alrededor del año 300 d.C., el obispo Velato, en el III concilio de Toledo, el presbítero Centauro, que representó al obispo Fidencio en el IV Toledano (alrededor del año 633), el obispo Guda, que estuvo en el VI de Toledo (año 638) o los de Vicente, Agapio, y Sisebando, por nombrar algunos.[iv] La importancia de la sede episcopal de Tucci y la comarca no sólo está avalada por los documentos escritos y la presencia de sus obispos en los concilios, sino que además se han encontrado numerosos vestigios de edificaciones religiosas visigodas en los alrededores de Martos, amén de una cultura funeraria muy avanzada. Una muestra de ello pueden serlo los restos del sarcófago paleocristiano de Martos, cuyo original se conserva en el Museo Arqueológico de Jaén, y su réplica se halla en el Museo del Colegio de San Antonio de Padua de la citada localidad de la Peña[v], o el capitel con inscripciones que apareció allí mismo. Según el P. Alejandro Recio, dicho capitel correspondería a uno de los cuatro pilares del baldaquino del bapisterio, cuyo texto, traducido del latín, diría: “Está abierta la entrada. Las puertas sagradas de Cristo corred a porfía, venid gentes y pueblos y sedientos a recibid la vida por meced de Dios[vi]

Pero la llegada de los musulmanes en el 711 acabaría con la cultura visigoda. Poco a poco, los invasores irían imponiendo por la fuerza de las armas sus costumbres, su religión, su cultura, e irán arrinconando, cuando no exterminando, a todos los que no participasen de su credo. Es así es como florecerá dentro del santoral otra figura representativa de la comarca tuccitana, San Amador, que ejerció mucha influencia en los alrededores y que todavía se le venera en la vecina Martos.

De la ciudad cordobesa vendrán huyendo a la zona que nos comprende muchos cristianos. Unos para pedir refugio, pues al parecer la comunidad mozárabe aquí existente era bastante numerosa y menos sometida que la ubicada en las poblaciones  más al sur. Aquí vendrán a refugiarse el abad Sansón, y es en esta zona donde escribirá contra su rival Hostegesis, la obra titulada “Apologético de la Fe”. Además será Osaria donde vendrá a refugiarse la santa y mártir Flora, antes de volver a Córdoba a recibir la palma del martirio[vii]




 "Santa Flora"

El radicalismo árabe irá concentrándose y haciéndose más riguroso con el paso de los años. Poco a poco, los cristinos de ésta zona deberán tomar una decisión trascendental, o bien huir hacia el norte, hacia zonas más alejadas de la influencia sarracena con la esperanza de poder volver algún día a sus posesiones y a la tierra de sus mayores, o bien, quedarse y padecer los rigores del sometimiento de una cultura y una religión ajena a su tradición. Ya en el pasado número 13 de ÓRDAGO, tuvimos ocasión de exponer algunos datos que avalan esta hipótesis[viii] en el artículo que escribiese a tal efecto M. Fernández.

Pero será ya entrado el siglo XIII, cuando otro santo venga a estas tierras y las libere. Fernando III “El Santo” será el encargado de reconquistar gran parte de Andalucía a los moros. A él se deben las conquistas de las ciudades más importantes de esta comarca, y su paso por la zona queda atestiguado por los numerosos escritos que en ella nos lo hacen, ora amojonando el territorio ora de paso a otros lugares.

En el año 1275, muere el infante y arzobispo de Toledo Don Sancho en la escaramuza de “Las Celadas”, en el paraje tosiriano del mismo nombre. Ese suceso provocará que otro santo visite nuestra localidad. Es el momento que Dios escogerá para insuflar ardor en el alma de San Pedro Pascual. San Pedro se dedicará a levantar conventos de la Merced por las tierras de Jaén, mientras se entrega por completo a rescatar cautivos de manos de los moros de Granada. En 1296 lo nombran obispo de Jaén, y poco después, en 1297, es capturado por los moros granadinos mientras venía de predicar por los pueblos de alrededor de Jaén. Don Juan Montijano nos narra así este hecho: “Es capturado por los moros en las cercanías de Jaén, juntamente con varios de sus acompañantes, cuando regresaba de girar la visita pastoral a algunos pueblos de sus diócesis, probablemente sería Pegalajar, Cárchel, Carchelejo. Esta captura o secuestro, según la opinión más probable, fue a un kilómetro, poco más o menos, de la Puerta Noguera, una de las nueve que tenían las murallas que rodeaban la ciudad. Fue conducido a Granada, en donde quedó reducido a mísera y dolorosa esclavitud, bajo el poder del rey nazarita, Muley-Mahomat Aben Abdalá[ix]. San Pedro Pascual moriría en 1300, tras ser martirizado en su propia celda mientras oficiaba la santa misa.

Ya hablamos en el libro de “Vidas de la Ibérica Tosiria”, sobre el paso por estas tierras de Osaria de la mártir y santa Flora, que huyendo de la intransigencia radical islámica de su familia cordobesa, vino a estos pagos a buscar refugio y fortaleza espiritual. Todo ello lo cuenta San Eulogio en su Martirologio, y de ello ya hemos hablado en diversas ocasiones.



 "San Fernando"


Poco a poco, los cristianos van reconquistando a los moros las tierras que antaño les fueran usurpadas. Y poco a poco irán floreciendo en estas tierras la cultura, el arte y el y aparecerán nuevas edificaciones que vengan a consolidar los núcleos urbanos ya existentes. Las órdenes religiosas, vendrán a ocupar su espacio físico en la vida urbana de la época, y gracias a ellas, Torredonjimeno y la comarca se verá atravesada por el ir y venir de santos y venerables de paso hacia los nuevos lugares donde erigirían sus nuevas fundaciones.

San Juan de la Cruz y Santa Teresa, pasaron por esta tierra. La Santa, cuando desde Jaén cogió el camino para ir a Córdoba, debió pasar muy probablemente por nuestra localidad, y su “frailico”, -como cariñosamente llamaba la santa a San Juan de la Cruz-, pasó por Torredonjimeno de camino a sus fundaciones ubicadas en la comarca de La Loma. En el caso de San Juan de la Cruz, es mejor leerlo en esta otra entrada de este mismo blog de la mano de Manuel Fernández.

Pasados los años, Torredonjimeno tendrá otra vez el privilegio de ser transitado por los santos o piadosos hombres. En esta ocasión será el beato, José Francisco López-Caamaño y García Pérez, más conocido como fray Diego José de Cádiz el que visite Lendínez. El paso del Capuchino por nuestro término nos los transmite el mismo fraile y quedó reflejado en carta manuscrita que le escribió a su director espiritual en 1782, cuando habiendo salido de Carcabuey pasó por Lendínez camino de Andújar.[x]


 "San Juan de la Cruz"

 "Santa Teresa"
El siglo XIX traerá grandes convulsiones a la sociedad española del momento, pero también dará al mundo religioso de gran talla y mucho renombre. El siervo de Dios Diego José Martín Ildefonso Rejas Peralta, más conocido como “Padre Rejas”[xi]. Nacido en Huelma y fallecido en Jamilena será uno de ellos. Nuestro amigo y colaborador J. Carlos Gutiérrez se ha encargado de estudiarlo y difundir su obra ampliamente, con motivo del centenario de su nacimiento acaecido hace pocos años. 

También en ese mismo siglo nacerá otro venerable, el Padre Tarín, que visitaría Torredonjimeno en sus famosas misiones y cuyas prédicas alumbraron al mundo vocaciones sacerdotales Ejemplo de ello podemos dar en nuestra localidad al referirnos al caso del P. don Juan Montijano Chica. (Ver también la entrada de este mismo blog)



 "Fray Diego de Cádiz"

"P. Tarín"
NOTAS:

[i] Según la tradición, los “Siete Varones Apostólicos” fueron, Torcuato, Tesifonte, Indalecio, Segundo, Eufrasio, Cecilio y Hesquicio, todos ellos discípulos directos del Apóstol Santiago “el Mayor”. Tras la muerte de éste a manos de Herodes Agripa, fueron consagrados en Roma por San Pablo y san Pedro entre los años 44 ó 60. Inmediatamente después fueron enviados a evangelizar la provincia romana de Hispania. Según la tradición desembarcaron en Cartagena, para después seguir camino hasta Guadix, y de allí pasaron a dispersarse y a evangelizar de forma misionera toda la provincia.
[ii] Sobre San Eufrasio en Jaén véase: MARTÍNEZ ROJAS, F.J. “Aproximación a la Historia de la Iglesia de Jaén”, Obispado de Jaén, 1999, o MONTIJANO CHICA, J.  “Historia de la diócesis de Jaén y sus obispos”, BIEG, 1986.
[iii] MONTIJANO CHICA, J.  “Historia de la diócesis …” p. 63.
[iv] Para saber más, ver MARTÍNEZ ROJAS, F.J. “Aproximación a la Historia…”, p. 41
[v] Sobre el sarcófago paleocristiano de Martos, RECIO VEGANZONES, A ofm., .  “El sarcófago romano paleocristiano de Martos”  Revista “Antonianum”, 45 (1969), fasc. I, pp. 93-136. Un extracto se puede leer en “El sarcófago paleocristiano de Martos”, editado por la pro-Hermandad de Nuestra Señora de Nazareth, Martos 1992
[vi] JIMÉNEZ COBO, M. “Las inscripciones latinas de Martos”, Ayto. de Martos, 2010, p. 49-50
[vii] Para saber más sobre Santa Flora GÓMEZ LÓPEZ, L. y FERNÁNDEZ ESPINOSA, M., “Vidas de la Ibérica Tosiria. Personajes de Torredonjimeno que hicieron historia” 2006, pág. 63 
[viii] Órdagonº 13, febrero de 2010,  FERNÁNDEZ ESPINOSA, M., “Los orígenes de la Reconquista de Andalucía”, p. 19 a 22.
[ix] MONTIJANO CHICA, J. “Historia de la diócesis…”, p. 77
[x] Sobre el tránsito de Fray Diego José de Cádiz por la pedanía tosiriana, véase Órdago nº 10, septiembre de 2006, “Lendínez. La cenicienta del término tosiriano”, pág. 28-30.
[xi] Una semblanza sobre el “Padre Rejas” se puede consultar en “Vidas de la Ibérica Tosiria” p. 43-44.


SAN DIONISIO AREOPAGITA EN TORREDONJIMENO

Foto de Manolo Fernández.
San Dionisio Areopagita, Patrón de Jerez de la Frontera

"...la tradición teológica ofrece un doble aspecto: lo inefable y misterioso, de un lado, y lo evidente y cognoscible, de otro. Lo primero se sirve del símbolo y requiere previo conocimiento. Lo otro es filosófico y emplea la demostración. Más aún: lo arcano se entrelaza con lo manifiesto."
 
San Dionisio Areopagita, "Carta IX"




UNA DEVOCIÓN POPULAR Y UNA DEVOCIÓN INTERIOR


Manuel Fernández Espinosa


Una de las imágenes que se procesionaban en Torredonjimeno, en la mañana del Viernes Santo, era la de San Dionisio Areopagita. Todavía se hacía en la primera mitad del siglo XX, como recuerda D. Juan Montijano en su "Séptima estampa tosiriana de antaño" , incluidas en "Historia de la Ibérica Tosiria". El mismo Montijano Chica nos describe la talla de San Dionisio: "obispo griego, con su anillo episcopal, mitra y báculo y con una capa pluvial encarnada y teniendo en su mano una gran esfera, de color azul oscuro".
 
San Dionisio aparece mencionado en los Hechos de los Apóstoles, entre los griegos que se convirtieron por la predicación de San Pablo en el Areópago de Atenas: "Quidam vero viri adhaerentes ei crediderunt; in quibus et Dionysus Areopagitaet mulier nomine Damais et alii cum eis" ("Algunos se adhirieron a él y creyeron, entre los cuales estaban Dionisio Areopagita y una mujer de nombre Damaris y otros más", Act. 17, 34.)
 
Dionisio era un miembro importante del llamado "Areópago" ateniense. El "Areópago" (o "colina del dios Ares") era desde el año 480 antes de Cristo y hasta el 425 d. C. la sede de un tribunal, por lo que deducimos que Dionisio, miembro del Areópago, era uno de los principales magistrados atenienses. Era tradición que D. Juan Montijano refiere que, aunque Dionisio no se hallara físicamente presente en el Calvario cuando la crucifixión de Jesucristo Nuestro Señor, sí que, cuando expiró Cristo el Viernes Santo y se sucedieron fenómenos como el oscurecimiento del sol, a manera de eclipse, el sabio ateniense Dionisio que estaba versado en astronomía, exclamó: "O el mundo perece o el autor de la naturaleza muere". El asombro del Areopagita se sustentaba en que es imposible, conforme nos refiere Montijano Chica, que en plenilunio se produzca un eclipse "según nos dice la ciencia astronómica y lo confirma la experiencia". Es de suponer que San Dionisio recordaría aquel eclipse cuando escuchara la prédica de San Pablo en el Areópago. Más tarde Eusebio de Cesarea (275-339) nos diría en su "Historia Eclessiae" que San Dionisio sería el segundo Obispo de Atenas, sucediendo en la sede episcopal ateniense a San Hieroteo el Divino.
 
La presencia de San Dionisio abriendo la procesión de la mañana del Viernes Santo podría parecer un despropósito, una anacronía, una arbitrariedad de nuestros antepasados, pero no lo era, pues hasta en los autos sacramentales se recordaban las palabras que pronunció, según la tradición, San Dionisio Areopagita el Viernes Santo en que Cristo expiró en la cruz del Gólgota.
 
¿Pero desde qué fecha incluyeron nuestros antepasados a San Dionisio Areopagita en nuestra Semana Santa? Según opinión de Francisco José Téllez Anguita, la cofradía de San Dionisio en nuestro pueblo "Se debió de  fundar en 1680 como consecuencia directa del terremoto que afectó a la villa el día 9 de octubre a las siete de la mañana". En efecto, el llamado "terremoto de Málaga" del año 1680 causó 70 muertos y un centenar de heridos en Málaga, además de causar mucho estrago y otras muertes en poblaciones próximas a Málaga. Incluso se acusó la onda sísmica más al interior: en Granada, en Córdoba, en Jaén y hasta en Sevilla, aunque los daños fueron de menor impacto. Por suceder este terremoto el día de la festividad de San Dionisio Areopagita, los andaluces entendieron ser una especial intercesión de San Dionisio el que el temblor de tierra no hubiera causado más perjuicios. Así lo dejó escrito el Cabildo de Jaén: "No hubo desgracias personales, gracias -según el Cabildo Municipal- a la intercesión de San Dionisio Areopagita, en cuyo día se produjo el seísmo. Se realizaron distintas ceremonias religiosas para dar las gracias y pedir a Dios" -nos cuentan Juan Antonio López Cordero y Ángel Aponte Marín en su libro "Un terror sobre Jaén. Las plagas de langosta, XVI-XX".
 
Fue a partir de este suceso que parece que creció la devoción a San Dionisio, no sólo en Torredonjimeno, sino en todo el Reino de Jaén como se desprende de las funciones religiosas que se hicieron en Jaén. Téllez Anguita refiere que "la universidad de clérigos de la parroquia de San Pedro en agradecimiento le hizo fiesta solemne y trasladó la imagen a la capilla de Santa Ana". Hay que tener en cuenta que en Torredonjimeno existía una ermita extramuros dedicada a Santa Ana (fuera de la ciudad, todo hace suponer que en el cortijo que todavía conserva su nombre), pero también existió en la iglesia parroquial mayor de San Pedro Apóstol de Torredonjimeno una capilla de las principales bajo el título de Santa Ana, en su suelo era inhumado el clero petrino, como se puede ver en no pocas entradas de los libros de Sepelios del archivo parroquial de San Pedro Apóstol. El aspecto más exterior de la devoción a San Dionisio era, por lo que hemos dicho, la memoria de gratitud por considerarlo protector contra el terremoto de 1680, pero el clero de San Pedro adoptó como propia esta devoción, llevando la imagen de San Dionisio nada más y nada menos que a su capilla enterramiento.
 
Esto tiene más significado de lo que a primera vista parece. La figura de San Dionisio Areopagita está envuelta bajo varias tradiciones que se le han superpuesto a lo largo de casi 2000 años. En primer lugar,  entre los siglos V y VI d. C., un místico bizantino empleó el nombre de Dionisio Areopagita para firmar una colección de escritos teológico-filosóficos que tendrán una repercusión colosal en la espiritualidad cristiana, tanto de la Iglesia latina como de la oriental, es el llamado "Corpus Areopagiticum" que contiene cuatro tratados ("Sobre la Jerarquía celeste", "Sobre la Jerarquía eclesiástica", "Sobre los nombres de Dios" y "Sobre Teología mística") y diez epístolas. Durante siglos se pensó que el autor de estos textos era el mismo San Dionisio del Areópago que es mencionado en los Hechos de los Apóstoles, pero la implacable crítica filológica creyó descubrir que el Obispo de Atenas y el autor de estos textos no podían ser el mismo personaje, por eso se habla del Pseudo Dionisio Areopagita cuando se trata del autor de estos libros. Sin embargo, durante siglos el "Corpus Areopagiticum" fue traducido, estudiado y comentado profusamente: Juan Escoto Eriúgena, Santo Tomás de Aquino, San Juan de la Cruz. Los tratados y epistolario de Dionisio Areopagita han sido para el cristianismo una de las tradiciones más fecundas, sobre todo para la mística.
 
Por si fuese poco, a San Dionisio Areopagita no solo se le identificó con el autor del "Corpus Areopagiticum", sino que también se le confundió con San Dionisio de París (martirizado el año 272, con sus compañeros Rústico y Eleuterio, posiblemente en Montmartre -Mons Martyrum- de París). A San Dionisio de París se le representa, debido a su leyenda hagiográfica, como un santo cefalófaro (portador en sus manos de su propia cabeza.) Sin embargo, en la Cristiandad la iconografía de San Dionisio Areopagita se confundió con la de San Dionisio de París; lo podemos ver en antiguos grabados, por ejemplo el de San Dionisio Areopagita de Jerez de la Frontera, ciudad que lo tiene como Santo Patrón desde la vuelta del culto cristiano a la ciudad.
 
Nuestro San Dionisio, tal y como nos lo pinta D. Juan Montijano, no llevaba su cabeza en las manos, como el de París, pero sí que iba revestido conforme a su orden episcopal, portando "en su mano una gran esfera, de color azul oscuro". El color azul está vinculado simbólicamente con la devoción, pero en el caso particular de San Dionisio la razón de una "gran esfera, de color azul oscuro" nos remite a la anécdota que más arriba hemos contado sobre el prodigioso eclipse que le hiciera exclamar la frase que se le atribuye. "El azul es la oscuridad devenida visible" -decía Gaston Bachelard; y que la bola fuese de "azul oscuro" nos está recordando que la completa noche se hizo visible con la muerte de Cristo en la Cruz.
 
San Dionisio hacía aparición por nuestras calles en la mañana del Viernes Santo: el pueblo le estaba agradecido por haberlo librado de las consecuencias más calamitosas del terremoto de 1680. Pero la clerecía de San Pedro Apóstol lo reservó para darle un culto más interno, más acorde con quien pasa por ser el gran transmisor de la iniciación mistérica cristiana: el misterioso Doctor del Arcano que nos habló de "secreta y sagrada tradición" (sic), que enseñaba que: "Nosotros, los hombres, no podríamos en modo alguno elevarnos por vía puramente espiritual a imitar y contemplar las jerarquías celestes sin ayuda de medios materiales que nos guíen como requiere nuestra naturaleza" ("De Jerarquía celeste").
 
El clero de San Pedro Apóstol de aquellos tiempos todavía sabía estas cosas. Hoy se han olvidado muchas, pero algunos encontramos en ellas nuestro alimento espiritual más sólido.
 

BIBLIOGRAFÍA:
 
 
 
Montijano Chica, Juan, "Historia de la ibérica Tosiria"
 
Téllez Anguita, Francisco José, "Un análisis de religiosidad popular. Las cofradías penitenciales de Torredonjimeno"
 
López Cordero, Juan Antonio y Aponte Marín, Ángel, "Un terror sobre Jaén. Las plagas de langosta, XVI-XX"
 
Holzner, Josef, "San Pablo. Heraldo de Cristo"
 
OBRAS COMPLETAS DEL PSEUDO DIONISIO AREOPAGITA, edición preparada por Teodoro H. Martín-Lunas, Biblioteca de Autores Cristianos

 
 
 

jueves, 19 de marzo de 2015

DON MANUEL MUÑOZ GARNICA

El polígrafo ubetense D. Manuel Muñoz Garnica
 
"...las revoluciones principian por las ideas. Y entonces los partidos se disputan la enseñanza con interés."
 
(D. Manuel Muñoz Garnica,
"Discurso inaugural del Instituto de Segunda Enseñanza de Jaén",
1º de octubre de 1846.)
 
 
UN POLÍGRAFO DE ÚBEDA: OMNIA IN BONUM
 
 
Manuel Fernández Espinosa
 
 
Tal vez una de las figuras más interesantes del Jaén decimonónico sea el Lectoral de la Santa Iglesia Catedral de Jaén, D. Manuel Muñoz Garnica; y todavía resuena su nombre y apellidos en el siglo XXI. Esto, en buena medida, se debe a Juan Eslava Galán que, en sus libros, lo ha traído a colación en no pocas ocasiones. Sin embargo, poco se sabe de D. Manuel Muñoz Garnica y su figura se ve envuelta en un halo de misterio, suponiéndose que se hallaba entregado a actividades muy poco confesables como, pongamos por caso, la búsqueda del Tesoro de Salomón. Algunos, llevados por su fantasía, incluso supusieron una entrevista entre Muñoz Garnica y Bérenger Saunière, el párroco de Rennes-le-Château en una supuesta visita que éste hiciera a Toledo y a Jaén, lo cual es un despropósito puesto que la fecha en que supuestamente Saunière visitó Jaén, Muñoz Garnica llevaba años y años de estar muerto y enterrado.
 
 
Nuestro Muñoz Garnica nació en Úbeda el 25 de diciembre de 1821 en una familia linajuda, emparentada con los Condes de Belascoain y cuyo asentamiento en el Santo Reino de Jaén se remonta a la reconquista fernandina. Estudió en el Seminario de San Felipe Neri de Baeza y a la edad tan precoz de veinticinco años ya desempeñaba la cátedra de Lógica y publicaba un "Manual de Lógica" en 1846. Se doctoró en Sagrada Teología en la Universidad de Granada y en Letras por la Universidad de Madrid. Fue director del Instituto de Enseñanza Secundaria de Jaén y fundó el colegio de internos de esta entidad. En este Instituto conocería a quien sería su amigo, D. Benito García de los Santos (1823-1863), profesor de Historia Natural y estrecho colaborador del filósofo Jaime Balmes. También a resultas de su labor docente en el Instituto entró en contacto con el poeta republicano federalista Bernardo López, autor de la célebre Oda al 2 de mayo. Muñoz Garnica había colaborado con Balmes en "El Conciliador" y hasta hay una carta de Balmes a García de los Santos en la que el filósofo catalán refiere un viaje a Jaén y manda saludos al Lectoral de la Catedral de Jaén: "Quiere usted saber cuándo voy a Jaén; como yo no lo sé tampoco, mal puedo contestar. Salude usted al señor Garnica...".
 
 
Puede decirse que Manuel Muñoz Garnica fue, en toda regla, un polígrafo, dada la variedad de sus intereses científicos y culturales. Por encargo del entonces Nuncio de Su Santidad, Monseñor Barili, Muñoz Garnica escribió varios artículos publicados en "La España" (como "El Papa y la Guerra" ó "Los Unitarios italianos" para defender la Soberanía Pontificia.) La cuestión política siempre fue uno de los temas que le ocuparon, tanto la situación de España como los asuntos extranjeros centraron su atención; desarrollando así una apología del Papado en aquellos años en que las fuerzas del nacionalismo italiano arrebataban los Estados Pontificios al Santo Padre de Roma.
 
En cuanto a los problemas nacionales, Muñoz Garnica elaboró un ensayo en que trataba de arrojar luz sobre los primeros movimientos revolucionarios en el campo andaluz: "El Protestantismo y los Revolucionarios españoles" (1861), aquí ponía de manifiesto la subrepticia actividad británica en los asuntos españoles que generaba revoluciones para alterar la paz religiosa y social e impedir la prosperidad de España. Tras la Revolución de 1868, Muñoz Garnica acompañaría al Excelentísimo Señor D. Antonio Monescillo, Obispo de Jaén, a las Cortes Constituyentes de 1869; la lección de aquella experiencia la condensó en "De la moral y el Derecho" que incluso se llegó a traducir y publicar en Nápoles y Gante. Su actividad literaria fue enfocándose cada vez más en la dirección de rearmar la contra-revolución española, debido a las circunstancias de su época: en Jaén publicaba el año 1872 una colección de sus sermones bajo el título "Sermones varios con motivo de las presentes calamidades"; un año después, daba a la estampa "Ilustraciones al poema latino del Obispo Raugerio", folleto en el que, desde el estudio de un tema erudito, vuelve otra vez a reivindicar el poder espiritual y temporal del Papa. Sin embargo, la obra por la cual alcanzó mayor celebridad fue su "San Juan de la Cruz y su siglo", publicada en Bélgica con anterioridad a su edición española. En "San Juan de la Cruz y su siglo" Muñoz Garnica hizo una gran aportación a los estudios biográficos de San Juan de la Cruz. En "El Siglo Futuro" se estaban publicando sus textos sobre la "Imitación de Cristo y Tomás de Kempis" cuando el 15 de febrero de 1876 D. Manuel entregaba su alma a Dios. Muchísimos artículos dispersos en prensa local, provincial, regional, nacional y europea; algunos ensayos, reediciones, etcétera conformarían el legado de este polígrafo giennense.
 
Pero la labor docente y humanista no fue la única faceta de este hombre emprendedor que, además de fundar el colegio de internos para el Instituto de Enseñanza Secundaria de Jaén, con el propósito de facilitar la enseñanza a los naturales del entorno rural, también realizó una encomiable actividad fundacional en diversas líneas. Fue D. Manuel Muñoz Garnica el que realizó personalmente todas las diligencias para traer a las Hermanitas de los Pobres que habían sido fundadas en Bretaña por Santa Juana Jugan (1792-1879); a tal efecto se desplazó a la Bretaña francesa, donde radicaba la casa matriz de esta institución hospitalaria y, por su visita, se deduce que Muñoz Garnica se entrevistaría con la Madre Fundadora que en aquellos años todavía vivía y hoy está canonizada. Se salió con la suya, como era costumbre en hombre tan prudente y resuelto y pudo traer a Jaén a las Hermanitas de los Pobres para dar asilo a ancianos sin recursos. También a Muñoz Garnica le debemos que se nos conserve en Úbeda el oratorio de San Juan de la Cruz, edificado en la celda donde el santo de Fontiveros pasó a mejor vida, siendo su pretensión la de establecer en este oratorio una fundación de Carmelitas para custodiar el lugar donde San Juan de la Cruz entregó su alma a Dios. Salvó también la Sacra Capilla del Salvador de Úbeda, fundada por D. Francisco de los Cobos.
 
Eslava Galán supone que ciertos documentos que, según el novelista arjonero, revelan la existencia de una sociedad secreta jaenera (ocupada en buscar el Tesoro de Salomón, que los visigodos trajeron y ocultaron bien en Toledo o en Jaén), "fuesen los mismos que Muñoz Garnica ocultó en alguna parte de la catedral en 1868". No estoy en condiciones de decir que eso sea verdad o invención. Lo que sí hemos de poner fuera de toda duda es la ortodoxia intachable de D. Manuel Muñoz Garnica que, bajo ningún concepto, puedo imaginármelo en tratos con masones ni ocultistas. Lo que sí ocurre es que determinados asuntos a los que se aplicó Muñoz Garnica pueden parecer "esotéricos" (y, en un sentido lato, lo son); expliquémonos.
 
Cuando se llega a un determinado grado de conocimiento, como el que, a la luz de su producción literaria, podemos barruntar que alcanzó por sus cualidades y trabajo D. Manuel Muñoz Garnica, las cuestiones que se abordan son de un tecnicismo tal que dejan de ser "exotéricas", para convertirse en temas solo accesibles a iniciados. Por ejemplo, el interés que manifestó por la historia del cristianismo (en particular por el asentamiento de éste en Jaén y su despliegue histórico) es uno de los capítulos más "esotéricos".
 
A finales de 1864 llegaba a España el benedictino alemán Pío Bonifacio Gams (Mittelbuch, 1816- Munich, 1892), uno de los más eminentes historiadores eclesiásticos de todos los tiempos. Su proyecto era realmente titánico: reconstruir con la pasión científica que solo los alemanes saben poner en algo la Historia de la Iglesia española. Y el resultado de estas andanzas por España del sabio monje alemán florecerían en la monumental "Die Kirchengeschichte von Spanien" ("Historia de la Iglesia en España", en tres vólumenes) o en las "Spanische Briefe" ("Cartas de España"). Entre las cuestiones que estos libros abordan se hallan algunas de especial interés para el cristianismo universal (y, huelga decir, para el español): El Apóstol San Pablo en España, la venida y trabajos de los siete discípulos de los Apóstoles en España, la Iglesia de España desde la muerte de los siete apóstolicos hasta el principio del siglo IV, la Iglesia de España durante la gran persecución de Diocleciano y Maximiano, el Concilio de Elvira, Osio de Córdoba, la Iglesia de España desde la muerte de Osio hasta la conversión de los visigodos. El ímprobo trabajo del investigador alemán revela que lo que se jugaba era bastante serio: la demostración de la venida de San Pablo a España, entre muchas otras cosas.
 
Gracias a una nota que suele pasar desapercibida y que se halla al pie de una página de "Nobleza de Andalucía", libro de Gonzalo Argote de Molina que reeditó D. Manuel Muñoz Garnica, sabemos por el mismo Muñoz Garnica que el Padre Gams visitó Jaén y que éste le participaba sus hallazgos: "El sabio benedictino Dr. Pío Gams encontró en España la Bula con que no acertaron los eruditos extrangeros, y está difundiendo con mucha satisfacción la nueva de este hallazgo. Por las noticias que difunde tan ilustre historiador y por las que él mismo nos dio á su paso por Jaén...".
 
Inferimos, a resultas de los títulos de sus trabajos, que Muñoz Garnica tuvo un interés manifiesto por cuestiones políticas y sociales (suscitadas por el vértigo histórico), pero es innegable que fue un hombre que, por más que se metiera en esos charcos, tuvo siempre la clarividencia y la certidumbre de que el terreno de las ideas era el que exigía un cultivo para poder impedir o reparar la devastación revolucionaria en todos los órdenes. El núcleo de su pensamiento parece radicar en este pasaje de su Discurso Inaugural del Instituto de Enseñanza Secundaria de Jaén:
 
"...todo concurre y concurrirá poderosamente al mejoramiento de las sociedades, hasta su misma decadencia; y todo, con el tiempo, viene como arrastrado por la Providencia, hacia el destino que a cada pueblo señala Dios en la inmensidad con su dedo omnipotente [...] esto ha sucedido con todas las ideas y con todos los poderes del mundo, y esto mismo sucede hoy con la revolución de las ideas."
 
Este pensamiento rector es el que le guiaba en el laberinto del siglo tan convulso que le tocó vivir. Y este pensamiento hay que buscarlo en San Pablo, cuando escribe en la Epístola a los Romanos (8, 28): "Scimus autem quoniam diligentibus Deum omnia cooperantur in bonum iis, qui secundum propositum vocati sunt sancti" ("Ahora bien: sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman, de los que según sus designios son llamados") Estar poseído por esta convicción que nace de la fe no exonera a nadie de actuar contra el mal, y así fue como Muñoz Garnica no se ahorró trabajos para combatirlo y reparar todo lo destruido, denunciando la obra destructiva de las tinieblas y restaurando todo lo que había arruinado la revolución o lo que la incuria de los hombres dejaba arruinarse; como pudo suceder (y su intervención impidió que sucediera) con el oratorio de San Juan de la Cruz.
 
El interés social y político de Muñoz Garnica no era la sólita novelería de los hombres que se dejan arrastrar por  lo último que sucede, sino que tenía raíces fuertes en una vida de cultura ahondada y elevada espiritualidad: el interés por los místicos como San Juan de la Cruz o Tomás de Kempis así lo hacen patente. Además de su actividad intelectual y social, Muñoz Garnica formó a su alrededor el embrión de una escuela intelectual (asunto del que me ocuparé en otra ocasión) que constituyó durante mucho tiempo el núcleo directivo de la cultura giennense.
 
Lo cierto -y lo triste- es que la obra de D. Manuel Muñoz Garnica se encuentra en el olvido, dispersa en periódicos y en bibliotecas, sin que a ninguna institución eclesiástica o civil se le haya pasado por la mente el gran servicio que a la auténtica cultura podría hacerle la constitución de una comisión de trabajo que reuniera todos los textos y libros de este sabio ubetense, para publicar lo que pudieran ser unas Obras Completas. Es algo que en cualquier país civilizado ya se hubiera hecho.
 
Es un proyecto que lanzamos desde aquí, a sabiendas de los obstáculos económicos que comporta una empresa cultural de tal envergadura. Dicho queda.

miércoles, 18 de marzo de 2015

SAN JUAN DE LA CRUZ EN LA VENTA VALERIANO*

San Juan de la Cruz y dos compañeros frailes en uno de sus viajes por Andalucía


DEL PASAJE QUE HIZO SAN JUAN DE LA CRUZ POR LA TORRE DON XIMENO EN SUS ANDANZAS POR ANDALUCÍA

Manuel Fernández Espinosa


Antonio Ortega Ruiz y Rafael Lizcano Prestel, dos de los pocos que se han aproximado a la historia de Torredonjimeno, se lamentaban del deplorable estado de los estudios históricos sobre Torredonjimeno, en los preliminares de una ponencia para el Congreso de Estudios de la Frontera de Alcalá la Real (1997); el historiador y el arqueólogo lamentaban la escasez de fuentes y decían que: "En otras ocasiones (sobre todo en época actual), se ha pretendido establecer la cientificidad de la documentación a partir de una reiterativa revisión y reinterpretación de los trabajos precedentes (MONTIJANO CHICA, 1983), ya que, como adelantábamos, los datos documentales sobre la localidad son parcos y mínimamente precisos, sobre todo hasta el siglo XV".
 
En efecto, la exigüidad de las fuentes documentales ha limitado mucho lo que sobre Torredonjimeno pudo decir D. Juan Montijano Chica, incluso puede achacársele poco método cientificista, pero si algo vamos sabiendo de nuestro pasado no podemos regatearle a D. Juan Montijano Chica el mérito de reunir, por desordenadamente que lo hiciera, los caudales tradicionales que traían noticia de Torredonjimeno, la ibérica Tosiria. Además de sus libros, D. Juan Montijano Chica también nos tuvo a su lado a no pocos interesados en nuestra historia local y, en algunos casos, sus discípulos lo fuimos muy tempranamente, siendo muy jóvenes o incluso niños. En la sacristía de San Pedro Apóstol o en su casa de la calle Rabadán mantuvo encendida la llama de la tradición y a su calor acudimos Francisco José Téllez Anguita, Manuel Jesús Cañada Horno o un servidor. También hubo, por lo tanto, una transmisión oral.
 
 
En la revista ÓRDAGO hemos reivindicado a D. Juan Montijano siempre, sin importarnos para nada la acrimonia de los cientificistas históricos. Pero no nos hemos limitado a citarlo, sino que lo hemos sometido a una revisión (para nada reiterativa, en tanto que apenas se han ocupado de mencionar a D. Juan Montijano para otra cosa que no fuese despreciarlo): el resultado no ha sido una reproducción de lo que D. Juan Montijano escribió o nos dijo, sino que tomando como inspiración la tradición, base insoslayable del conocimiento, lo hemos aumentado en la medida de nuestras fuerzas y, cuando ha sido menester, incluso corregido sin esas ínfulas que otros gastan arropados en sus títulos universitarios que, tal y como está la universidad española a día de hoy, sirven para poco.
 
 
En cierta ocasión puse por escrito (en la revista ÓRDAGO) algo que escuché del maestro, dando noticia del paso de San Juan de la Cruz por nuestras tierras, la reproduzco aquí literalmente:
 
 
"Viniendo de Córdoba, San Juan de la Cruz y Fray Pedro de la Madre de Dios, dicen las hagiografías del místico que tuvo su compañero Fray Pedro un percance en el camino. El fraile que acompañaba a San Juan de la Cruz cayó de la acémila sobre la que iba montado, fracturándose una pierna. San Juan de la Cruz buscó un lugar en donde reposar y atender con mejor cuidado a su acompañante, y decidió hacer parada en la próxima ermita que los andariegos hallasen en su camino, una vez que divisaron una el reformador carmelita se fue a orar a la Virgen que recibía culto en aquel santuario, curando luego la pierna de Fray Pedro de la Madre de Dios. Los textos que refieren el caso indican que este accidente se produjo en las proximidades de Porcuna, sin fijar el lugar sagrado en el que el santo operó aquel milagro en vida; sin embargo una antigua leyenda oral casi extinguida, transmitida de padres a hijos en Torredonjimeno, aseveraba que el santuario en el que San Juan de la Cruz curó a Fray Pedro de la Madre de Dios fue el de Ntra. Sra. de Consolación. Siguiendo el rastro de esta piadosa leyenda se hallaba indagando D. Juan Montijano cuando le sorprendió su muerte. Desconocemos el alcance de sus investigaciones, pero dejamos constancia de ello".


La figura prominente de San Juan de la Cruz no requiere presentación. El Doctor mysticus no solo fue un santo reformador carmelitano (con Santa Teresa de Ávila), sino que pocos santos llegaron a las cumbres del misticismo y de la poesía como el fontivereño. Por otro lado, también pudimos escuchar de nuestro también maestro Fray Alejandro Recio Veganzones que la Orden de los Carmelitas descalzos contempló la posibilidad de establecerse en Torredonjimeno durante el siglo XVI, aunque no prosperó la intención debido a la oposición que la Orden de Calatrava puso a su establecimiento y, suponemos nosotros, a no contar con ningún protector lo suficientemente capaz de hacer valer su patrocinio (como sí ocurrió con el Monasterio de Nuestra Señora de la Piedad de Madres Dominicas).


Hasta la completa pacificación de nuestro territorio fronterizo, cuando se despejó la amenaza islámica del reino de Granada, las órdenes religiosas que se establecieron en nuestras tierras fueron las Órdenes Religioso-Militares (el Temple, Calatrava y Santiago) y las órdenes llamadas de redención (de cautivos): así los primeros que llegaron al Reino de Jaén fueron los trinitarios en 1246 y, en 1288 los mercedarios. Hasta 1354 no llegarían a Jaén los franciscanos, en 1382 los dominicos. La orden carmelitana llegó más tarde a Jaén. Esta orden, propagadora de la popular devoción a la Virgen del Carmen (Nuestra Señora del Monte Carmelo) tuvo su origen en el Monte Carmelo (en hebreo: Har ha'Karmel, en Tierra Santa), cuando unos cruzados se refugiaron en dicho Monte, para llevar vida eremítica: corría el siglo XII ó el XIII (según otros) y recibieron de Alberto, Patriarca de Jerusalén, una regla. Fueron los carmelitas originarios que se vincularon al profeta veterotestamentario San Elías, por razón del sagrado monte en el que se erigieron. En Jaén, dos de las figuras más grandiosas de la Historia de la Iglesia (y, en particular, del Carmelo) vivieron y fundaron sendos conventos: Santa Teresa y San Juan.


La reminiscencia de aquella tradición que transcribí en ÓRDAGO, sirviéndome de la noticia que me trasladó D. Juan Montijano, encuentra su constatación en el manuscrito 12738 de la Biblioteca Nacional de Madrid, la fuente más rica en noticias sobre la vida y andanzas de San Juan de la Cruz que incluye relaciones de testigos que lo conocieron, religiosos y seglares que trataron con el místico carmelitano, cartas y otros documentos de nuestro santo místico. En el folio 1047 de ese manuscrito que referimos se halla el relato con detalle de esta hazaña de San Juan de la Cruz en nuestro término municipal, conforme a la declaración que hizo fray Martín de la Asunción, en la ciudad de Baeza el 26 de abril de 1614, y que es la que sigue:


"Un día, viniendo de Córdoba el padre fray Juan de la Cruz y un hermano que se llamaba Pedro de la Madre de Dios, donado de nuestra santa Religión, que andaba con el padre fray Juan de la Cruz, porque era en aquella ocasión vicario provincial desta provincia, llegando los tres a un río que se llama el Salado, que está abajo de la villa de Porcuna, dio a correr el hermano por una cuesta abajo, y corriendo como iba se le quebró la pierna derecha y se cayó allí luego como muerto; y riyéndome (sic) yo de la caída antes que llegásemos los dos, me dijo el padre fray Juan: "No se ría, que se ha hecho mucho mal nuestro hermano"; y llegando a donde estaba nos apeamos, y tenía la pierna como una caña cascada y salidos los huesos, aunque no fuera de la carne. Y el padre fray Juan lo curó allí y lo subimos en una de las cabalgaduras, y llegando a una venta que está cabe Los Villares, parando allí a comer, le dijo fray Juan de la Cruz: "Aguarde, hermano; lo apearemos desa cabalgadura por que no se lastime". Y respondió el hermano: "Padre, ya vengo bueno, que no me duele nada". Y se apeó sano y bueno, como si no hubiera habido tal".


Con mucha probabilidad cabe fechar esta peripecia en el curso de la primavera o verano del año 1586, cuando San Juan de la Cruz visitó Córdoba con el encargo de fundar un convento de carmelitas descalzos. En Córdoba se hospedó en casa de D. Luis Fernández de Córdoba que, con el correr del tiempo sería Obispo de Salamanca, de Málaga, de Santiago de Compostela y de Sevilla. Era a la sazón Obispo de Córdoba D. Antonio Mauricio de Pazos y Figueroa que le dio licencia a San Juan de la Cruz para su fundación. El santo escogió el barrio de la Judería, en el que todavía vivían muchos judíos conversos y se inauguró aquella fundación en la capilla de San Roque de Córdoba.


El suceso hay que situarlo al regreso de San Juan de la Cruz, acompañado por fray Pedro de la Madre de Dios y por el que narra la anécdota, fray Martín de la Asunción: ambos acompañantes compartieron muchos viajes con el Doctor Místico, siendo confidentes de San Juan de la Cruz. Los tres frailes han dejado atrás Porcuna y fray Pedro de la Madre de Dios sufre el accidente. Fray Martín de la Asunción ríe la caída, pero San Juan de la Cruz le invita a ser más serio y cura a fray Pedro de la Madre de Dios. Cuando paran a yantar, lo hacen "llegando a una venta que está cabe Los Villares". Teniendo en cuenta que la caída de fray Pedro de la Madre de Dios se produce con Porcuna a sus espaldas, sería un despropósito pensar que los tres frailes, con uno herido, no pararan hasta llegar al municipio jiennense de Los Villares que a tanta distancia queda Porcuna y, más todavía, habiendo lugares habitados en el trayecto. Los Villares a los que se refiere fray Martín de la Asunción no puede ser otro lugar que Los Villares de nuestra campiña, que ya los trae mencionados el Catastro del Marqués de la Ensenada: "En la Campiña [de Torredonjimeno] están los sitios de Pozo los Mozos, La Torre, Cañada del Moro, Mellado, Lendinez, Escarchal, Niquesa, Pedro Gil, Juan Cubierta, Arco el Monte, Rabera, Salinas, Peñas Lisas, Valeros, Los Villares..."


Es imposible dejar de pensar que la Venta que se cita, que fray Martín de la Asución ubica "cabe los Villares" (esto es, cerca de Los Villares) pudiera ser la antecesora de la actual Venta Valeriano (ver en el mapa enlazado). Podemos suponer que los tres frailes, tras reponerse en la Venta, pudieron descansar y orar en la ermita de Nuestra Señora de Consolación y, sin ninguna duda, San Juan de la Cruz y sus dos compañeros tuvieron que pasar por Torredonjimeno.


Comprobamos así que, aunque D. Juan Montijano pudiera situar (a buen seguro que por motivos piadosos) la curación de fray Pedro de la Madre de Dios en nuestra ermita de Nuestra Señora de Consolación, poco se equivoca. Y comprobamos gustosamente que la tradición, tantas veces vilipendiada por aquellos que la ponen en cuestión y la critican, es a la postre un óptimo vehículo de conocimiento histórico, aunque tenga el gaje de poder ser un tanto imprecisa.


*Me tomo la licencia, para el título de este artículo, de nombrar como Venta Valeriano a la Venta en que demuestro que comieron San Juan de la Cruz y sus dos compañeros de viaje. Sin embargo, es fácil que supongamos que posiblemente la Venta tuviera otro nombre: ventas por aquellos parajes hubo varias, también existió hasta el siglo XX la Venta Illana que fue propiedad de mi bisabuelo Manuel Illana Camacho; e ignoramos desde cuándo se hace llamar nuestra Venta Valeriano con tal nombre. Pero sin embargo es bastante probable que por la ubicación estemos hablando de la Venta antecesora de alguna de las dos que refiero, más próximas en el tiempo a nosotros.
 

 
BIBLIOGRAFÍA:


Ortega Ruiz, Antonio y Lizcano Prestel, Rafael, "En torno al origen del núcleo urbano de Torredonjimeno, una ciudad de frontera: datos históricos y arqueológicos", separata del Congreso "Estudios de la Frontera. Actividad y vida en la Frontera", celebrado en Alcalá la REal, del 19 al 22 de noviembre de 1997.
 
Fernández Espinosa, Manuel, "Leyendas orales de miedos, duendes y prodigios de Torredonjimeno y alrededores" (Grupo Vernácula), Revista Cultural ÓRDAGO, número 2, Torredonjimeno, marzo de 1999, pág. 5.

Crisógono de Jesús, "Vida y obras de San Juan de la Cruz", Biblioteca de Autores Cristianos.

 

jueves, 5 de marzo de 2015

EL ARCAICO EPISCOPADO DE TUCCI Y SUS SANTOS





LA REMOTA DEVOCIÓN A SANTA COLUMBA: DILUCIDACIÓN HISTÓRICA

Manuel Fernández Espinosa


Vaya por delante y siempre, el nombre de nuestro Maestro el Padre Recio, aquel seráfico vallisoletano que nos devolvió con su sabiduría nuestras raices. Sin su magisterio, muy pocas cosas podríamos adelantar sus discípulos. 




Tucci (nuestro actual Martos) fue sede episcopal en edad muy temprana. La romanización de nuestro territorio fue terreno fértil para la propagación del cristianismo. El primero de los Obispos de Tucci de quien hay constancia fue Camerino, contemporáneo de Ossio de Córdoba, al que el Padre Maestro Flórez suponía que se le consagró allá por el año 296, por registrarse su nombre y diócesis en el Concilio de Iliberis: Camerino conoció el tiempo de las persecuciones romanas. Lo fragmentado y parco de las informaciones que nos transmiten aquellos antiquísimos concilios nacionales y los monumentos epigráficos, no menos fragmentados y dispersos, nos sirven de poco para reconstruir la historia de los primeros pasos del cristianismo en nuestra comarca. Pero la envergadura de las lápidas halladas y el estudio de sus inscripciones epigráficas nos ofrecen una ligera idea del enraizamiento del cristianismo en nuestra tierra durante las primeras centurias.
 
Entre los santos que Tucci veneraba (posiblemente tenía consagrados sus templos a ellos), figura entre los vestigios una inscripción que cita a Santa Columba (y a San Cipriano). Esta lápida de la que dan cuenta muchos, entre ellos el P. Castillejo y el P. Lendínez, dice:
 
"...VICTORIA ET CUSTODIA SUNT SANCTAE COLUMBAE RE... POPULI CUM GAUDIO EST SANCTO MARTIRI S. CIPRIANO. AMEN."
 
En lo que concierne a Santa Columba la cuestión plantea muchos problemas y, particularmente, para nuestra cuestión que es la de identificar la santa que veneraban en Tucci, un interrogante.
 
La Iglesia Católica venera a cuatro santas con el nombre de Columba:
 
-Santa Columba de Sens
 
-Santa Columba de Cornualles
 
-Santa Columba de Roma
 
-Santa Columba de Córdoba
 
¿Cuál de ellas recibía veneración en Tucci?
 
Por si ello fuese poco problema, resulta que Santa Colomba también es conocida en otras regiones hispanas como Santa Comba o Santa Coloma. En Galicia, Santa Comba es la patrona de las brujas. Así, la iglesia de Santa Comba de Bande (Orense); en Cataluña, tenemos el pueblo de Santa Coloma de Gramanet, que en el topónimo incluye a Santa Colomba bajo su forma catalana de "Coloma".
 
Vamos, muy resumidamente, a aclarar un poco esta cuestión un tanto enredada.
 
-Santa Columba de Sens nació en Hispania y, víctima de la persecución decretada por Aureliano, fue martirizada en Galia allá por el año 273. En Francia tiene bastante arraigo y se la conoce como Santa Columba de Sens o Senoense.
 
-Santa Columba de Roma fue una niña que sufrió el martirio con sus padres en la persecución de Diocleciano (año 303) y sus reliquias fueron depositadas en las catacumbas de San Calixto de Roma.
 
-Santa Columba de Cornualles recibe veneración especial en países celtas. Se supone que era hija de reyes paganos, convertida al cristianismo y por ello martirizada en el siglo VI.
 
Santa Columba de Cornualles puede ser descartada en lo que toca a identificarla con la Santa Columba de la lápida marteña, debido -entre otras cosas- a que su figura está envuelta en algo que parece más leyenda (incluso con resonancias artúricas). Queda decidirse, pues, por Santa Columba de Sens o Santa Columba de Córdoba o Santa Columba de Roma.
 
Según el P. Juan Lendínez (que escribió, recordemos, en el siglo XVIII) la Columba cuyo nombre está grabado en una de las lápidas tuccitanas es Santa Columba de Córdoba, cristiana mozárabe que vivía en Córdoba y que, como monja que era en el monasterio de Tabanos, fue decapitada por el califato cordobés en el año 853; su cuerpo, se refiere, fue arrojado al río Betis. Lendínez pensaba que las reliquias recuperadas de Santa Columba de Córdoba habían venido a parar a Tucci y así lo declara: "A esta villa de Martos -escribió Juan Lendínez- tocó parte de tan sagrado tesoro, según una inscripción antigua del tiempo de los cristianos mozárabes, que fue llevada de la Capilla que llaman de los mártires -que es la primera de la iglesia de Santa Marta [de Martos] por el lado de la epístola- y colocada en la pared de la cárcel donde hoy se halla".
 
Por otra parte, el P. Recio Veganzones corrigió al P. Lendínez fechando la inscripción en los siglos VI-VII, esto es: con anterioridad a los mártires cordobeses, por lo que termina concluyendo:  "Para nosotros, por tanto, los santos S. Cipriano y la santa Columba, son el obispo de Cartago y la mártir Columba, no de Córdoba, sino de Sens del siglo IV, a los cuales la ciudad de Martos atribuye, junto con la ayuda de Cristo Salvador nuestro, el haber sido defendida del enemigo agresor que la tuvo bajo su mando. Por tanto, se trata, no de una inscripción de reliquias de mártires mozarábigos, sino de dos santos que, con toda probabilidad, tuvieron sendos templos en la antigua sede Tuccitana."
 
Lo interesante del caso es que existen iglesias dedicadas a Santa Columba (también llamada Santa Coloma) en Nájera (La Rioja) y en Arciniega (provincia de Álava). Aunque las tradiciones eclesiásticas de estos lugares refieren a Córdoba, como origen de su devoción a Santa Columba, se ha abierto la hipótesis de que no se trata de la cordobesa, sino de Santa Columba de Sens, alegando influencias provenientes de Francia. Aunque no puede descartarse esa hipótesis, tampoco debiera desdeñarse a la ligera que -tal y como afirman las tradiciones eclesiásticas- las reliquias y devoción de Santa Colomba de Córdoba llegasen al norte peninsular, justamente de la mano de los mozárabes que abandonando tierras andaluzas, se añadieron a la columna expedicionaria de Alfonso I el Batallador de Aragón: estos mozárabes fueron asentados por Alfonso el Batallador en sus dominios, concediéndoles el Fuero de Alfaro; y ellos pudieron ser el foco desde el que se propagara la devoción a la mártir cordobesa en el norte.
 
Por último, no quisiéramos dejar pasar la ocasión para evidenciar que el nombre "Columba" corresponde al de "paloma" en castellano. En las cuatro santas que se nombran así se haya la coincidencia de haber sido martirizadas (en distintas circunstancias, fechas y lugares) a una edad muy temprana de sus vidas. Santa Columba de Roma era una niña cuando la martirizaron. Santa Columba de Sens era virgen cuando la martirizaron y podemos suponer que joven. Santa Columba de Córdoba era monja y también joven. La leyenda hagiográfica de Santa Columba de Cornualles alude a la aparición de una paloma (Espíritu Santo) que fue la que causó su conversión al cristianismo.
 







En cuanto a la identidad de la Santa Columba que los tuccitanos veneraban creemos que lo más sensato es descartar a Santa Columba de Cornualles y a Santa Columba de Córdoba. La tesis del P. Recio Veganzones es bastante convincente, en virtud de la consideración que el P. Recio hace de los caracteres de la inscripción marteña. Pero, tampoco tendríamos que descartar que la Santa Columba que se veneraba en Tucci podría ser la Santa Columba de Roma. Pues, si como afirma el P. Recio, el San Cipriano que acompaña en la inscripción a Santa Columba es San Cipriano de Cartago, (martirizado el año 258) no vemos imposible que en Tucci se rindiera devoción a una mártir romana, confirmándose así las dos vías por las que llega a Hispania el cristianismo: Roma y el norte cristiano de África (Los orígenes de la España cristiana). Lo que remontaría la inscripción a los tiempos del obispo Camerino (consagrado obispo el año 296) y esto no es descabellado, habida cuenta de los magníficos vestigios que han sido descubiertos y están por descubrir bajo nuestro suelo, como el sarcófago paleocristiano de Martos o la inscripción correspondiente a uno de los capiteles de pilastra que formaban el baldaquín de un baptisterio tuccitano, conservado y estudiado por el P. Recio y que decía:
 
"PANDITUR INTROITUS, SACRATA LIMINA CH(RISTI)
CVRRITE CERTATIM; GENTES POPULOQ(VE) VE(NITE)
ET DONANTE DEO SITIENTES SUMTE VI(TAM)".
 
"La entrada está abierta a los sagrados dinteles de Cristo,
Corred a porfía, naciones y pueblos, venid,
y con la gracia de Dios, recibid, sedientos, la vida".
 
Hermosísimo mensaje con el que eran recibidos a las aguas bautismales aquellos de nuestros más remotos antepasados en la fe, los mismos que fueron bautizados en la misma tierra que es nuestra: estas tierras tuccitanas. 
 

miércoles, 4 de marzo de 2015

LA MÍTICA MANO CORTADA DE UN CAPITÁN TOSIRIANO EN EL ESCUDO DE AMBERES



 
LAS MANOS CORTADAS DE AMBERES

Manuel Fernández Espinosa




La leyenda fundacional de la ciudad belga de Amberes cuenta que el nombre de la ciudad procede del combate singular que protagonizaron, por un lado, el legendario centurión romano Silvio Brabo contra el no menos mítico gigante Druoon Antigoon. Este descomunal gigante Druoon habitaba en un tiempo mítico el río Schelde (Escalda) y tenía la costumbre de cobrar un peaje a los barcos que quisieran pasar por sus fluviales dominios. Si un barco no pagaba, Druoon cercenaba la mano del capitán y la arrojaba al río. Un día, el tal Silvio Brabo, cansado ya de esta servidumbre, contendió con el gigante y, una vez vencido el ogro, le cortó la mano y la lanzó lejos.

De ahí viene el nombre neerlandés de Amberes (Antwerpen: Ant = Mano, Werpen = Lanzar). En la Grote Markt de Amberes puede verse la estatua, símbolo de la ciudad belga, que representa a Silvio Brabo en ademán de lanzar la mano cobrada del gigante vencido. El escudo de la ciudad muestra en uno de sus cuarteles un castillo y sobre el mismo dos manos... Una de las manos cortadas es, siguiendo el mito fundacional, la del gigante Druoon Antigoon... Pero, ¿y la otra mano que Amberes ostenta como blasón?

Veamos de quién podría ser la otra mano.
 
Escudo de Amberes


 
26 de mayo del año del Señor de 1586. Una guarnición española está a cargo de la defensa del contradique de Amberes, apostada en los fuertes. Amaneció ese día y la artillería de las armadas enemigas acalló el canto del gallo. Fue tan recia la ofensiva enemiga que los españoles apenas podían salir de los fuertes.

Saltaron de los barcos más de ocho mil franceses y flamencos, también venían con ellos borgoñones y más herejes de otras naciones. Los españoles salieron a la defensa del contradique. Pero desde el río, las cañoneras de los bajeles seguían escupiendo y matando un sinnúmero de españoles. El suelo se sembró de cadáveres y, a la postre, nos ganaron los fuertes. Más de trescientos españoles habían ofrendado sus vidas, y de entre la soldadesca masacrada, cuatro capitanes habían entregado a Dios sus almas en la batalla. Estos son sus nombres: D. Sancho de Escobar, el capitán Pérez, Pedro de Mesa y Simón de Padilla.

Cuando todo estaba resuelto y tan sólo se oían los quejidos de los moribundos, los amberinos y sus aliados se dieron a la rapiña de los cuerpos exánimes. Reconocieron el cadáver de Simón de Padilla que era famoso en Amberes por su arrojo y su gran estatura, y, profanando su cadáver, le cortaron la mano derecha y la clavaron en la dorada espada invicta del capitán español que, aunque muerto, la aferraba en su mano. Gloriosa espada cuyo acero toledano estaba tinto en la sangre de los herejes. Los amberinos llevaron la mano amputada de aquel capitán español con júbilo, paseándola por las calles mientras sonaban chirimías y el populacho vitoreaba la victoria conseguida sobre los españoles. Mostraron la mano de Simón de Padilla por toda la ciudad, pregonando que era "la mano del más valeroso capitán que había en el mundo", así nos lo cuenta Juan de Arquellada, que participara en aquellas jornadas bélicas.

¿Quién era Simón de Padilla? Nacido en Torredonjimeno (Reino de Jaén) a principios del siglo XVI, se alistó a los Tercios siendo mozo y fue hecho capitán por Alejandro Farnesio, tras probar en numerosas ocasiones su valor y gallardía.

¿Será la representación de su mano la que ostenta el escudo de Amberes?

Por lo que nos cuenta Arquellada, podría ser.

Como Silvio Brabo, lo que haré aquí es lanzar, si no una mano, sí que una conjetura muy verosímil que queda por probar. En todo caso, si se pudiera desmentir esta hipótesis, siempre nos quedará una enseñanza: los pueblos conscientes de sus orígenes míticos, reproducen en su historia las pautas marcadas en el mito fundacional. Algo a lo que Mircea Eliade, el célebre historiador y filósofo de las religiones, le hubiera sacado mucho partido.

martes, 3 de marzo de 2015

TERESA FERNÁNDEZ DE VILLALTA Y COCA

María Teresa Fernández de Villalta y Coca
 
ARISTOCRACIA DE LA GENEROSIDAD

 
 
Manuel Fernández Espinosa
 
 
En nuestros días, cuando algunos nobles se han enchabacanado para resultar simpáticos, rebajando su dignidad a la condición de peleles de la televisión, vendedores de sus intimidades, exhibidores de su vida privada y sus vacaciones interminables, su inutilidad y sus frivolidades, bueno será recordar que existió (y todavía existe) una aristocracia que, siendo de la sangre, no deja de serlo del espíritu. Y entre esas aristócratas (en el pleno sentido de la palabra) de antaño, tenemos el modelo ejemplar de nuestra paisana Doña María Teresa de los Reyes Fernández de Villalta y Coca.
 
Nació en Torredonjimeno el año 1868, hija de D. Antonio Fernández de Villalta y Uribe, diputado por el distrito de Martos y Senador del Reino de España, Gran Cruz de la Real Orden de Isabel la Católica y I Marqués Pontificio de Villalta. La madre de María Teresa que era de Bujalance, falleció y D. Antonio casó en segundas nupcias con la hermana de la difunta y tía de María Teresa.
 
En 1890 casó María Teresa con D. José del Prado y Palacio, que aunque nacido en Jaén, descendía de otra linajuda familia tosiriana. D. José fue, a la edad de 26 años, Alcalde de Jaén y, aunque ingeniero, dedicó su quehacer a la política, llegando a ser ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes y hasta Alcalde de Madrid. El 5 de septiembre de 1891 fallecía prematuramente en Torredonjimeno la hija del matrimonio (fue la única que tuvieron, hasta donde se nos alcanza).
 
Gran amigo de Alfonso llamado el XIII, se le concede a D. José del Prado el título nobiliario de I Marqués del Rincón de San Ildefonso y Doña Teresa fue nombrada Dama de la Noble Orden de María Luisa. Nuestra paisana también sería la Primera Presidenta de la Cruz Roja de Damas de Jaén. Al tesón de nuestra paisana se debió que el 18 de junio de 1922 se erigiera el Hospital de Urgencia de la Cruz Roja. Por su labor al frente de la institución benéfica se le concedió en 1923 las insignias de la Gran Cruz de Beneficencia a petición pública que avalaban 10.000 firmas de vecinos de Jaén de todas las clases sociales. La condecoración se le entregó el 19 de marzo de 1923 en la residencia de Espeluy. Ese día Doña María Teresa corresponde a la gratitud del pueblo con 1.100 bonos de pan para pobres y un generoso donativo para el Hospitalito de la Cruz Roja.
 
En 1926, la Marquesa consorte del Rincón de San Ildefonso, hija del Marqués Pontificio de Villalta, quedaba viuda. Hasta que pasó a mejor vida, su actividad no cesó. Con motivo de la Coronación Solemne de Nuestra Señora de la Capilla fue nombrada Presidenta de la Junta de Señoras encargada de recaudar fondos para los fastos que se realizaron en Jaén con motivo de aquellas jornadas marianas y dice D. Vicente Montuno Morente de ella, que: "puso desde el primer momento al servicio de esta empresa sus talentos y sus virtudes, y consagrando a ella su tiempo, su actividad, sus acertadas iniciativas y sus prestigios personales, le aseguró en lo humano el éxito más franco [...] fue también en muchos casos la que salvó situaciones difíciles y resolvió delicados problemas y por lo que toca a su generosidad, ella dió dos de los más importantes donativos para la corona, uno en joya y otro en dinero, ofrendó a la Santísima Virgen un rico manto, que fué el que lució en el acto de la Coronación, costeó el viaje y estancia de la unidad del Ejército que vino a rendir honores militares, hospedó al Representante regio y a uno de los Prelados y agasajó a todas las personalidades que asistieron a las fiestas. El nombre de Doña Teresa Fernández de Villalta -tan popular, al mismo tiempo que tan respetado, en Jaén- quedará también unido para siempre a la historia de la Coronación de la Virgen de la Capilla." ("Nuestra Señora de la Capilla. Madre, Patrona y Reina de Jaén", Vicente Montuno Moreno, Madrid, 1950.)
 
Ciertamente, las ofrendas y donaciones de la Marquesa viuda del Rincón de San Ildefonso, fueron tantas, a tantas instituciones tradicionales y de beneficencia, en tantas ocasiones, que sería muy difícil poderlas computar todas. Pero añadamos también que, una vez recuperado el Santo Rostro, tras haber sido robado por los republicanos, el relicario retornó menguado, pues el lazo (obra de orfebrería con 1.306 brillantes) donado por la Duquesa de Montemar en 1814 había desaparecido. Doña María Teresa Fernández de Villalta sufragó en 1940 uno que es el que actualmente corona el relicario.